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Víctor Coyote (1958-2026): Demasiado libre para caber dentro de una etiqueta

Víctor Coyote había viajado a Segovia para contemplar un eclipse.

Hay algo casi imposible de separar de su personaje en esa última imagen: un hombre que había pasado toda su vida mirando las cosas desde lugares diferentes desplazándose todavía para observar cómo un cuerpo celeste ocultaba durante unos instantes a otro.

Al día siguiente, el 13 de agosto, murió mientras circulaba en bicicleta por una carretera segoviana. Tenía 68 años.

La noticia resulta especialmente difícil de encajar porque Víctor Coyote parecía pertenecer a esa clase de artistas a los que uno imagina permanentemente ocupados en la siguiente idea: Una canción, un dibujo, un cómic, un documental, una portada, un relato, una película diminuta que quizá solo él sabía todavía que necesitaba existir…

A principios de este mismo año había publicado “El Propio”, una recopilación de diez canciones que recorría su trayectoria en solitario y que incluía un tema nuevo. En mayo, el Festival de Cans le había concedido el Chimpín de Prata y había dedicado parte de su programación a repasar una obra que durante más de cuatro décadas se había desplazado constantemente entre la música y las artes visuales, No parecía estar cerrando nada, seguía haciendo y quizá esa sea la primera manera de comprenderlo.

LA MÚSICA MÍA SUENA A COYOTE

En marzo de 2020, Histéricas Grabaciones tuvo la oportunidad de entrevistarlo.

Una de las frases que dejó durante aquella conversación parece hoy mucho más importante que entonces:

«Yo hago mi música, no hago música fusión, con muchas y variadas influencias sacadas de aquí y de allí, la música mía suena a Coyote».*

Podría utilizarse como una simple declaración de personalidad artística, pero en realidad, contiene una filosofía, porque una parte considerable de la trayectoria de Víctor Coyote puede explicarse como una negativa permanente a escoger entre mundos que otros habían decidido mantener separados: Rock o música latina, arte elevado o cultura popular, vanguardia o horterada, música o dibujo, Madrid o Galicia, Chuck Berry o Bob Dylan, David Bowie o Tego Calderón.

Para Coyote, la pregunta parecía estar mal formulada desde el principio: “¿Por qué elegir?”

En una entrevista concedida este mismo año a El Salto, explicaba que siempre se había movido entre «la cosa arty y la cosa hortera» y que precisamente esa convivencia le encantaba. También rechazaba la idea de que las combinaciones posibles estuvieran agotadas: mientras existiera curiosidad, continuaría habiendo nuevas formas de mezclar músicas, estilos literarios y lenguajes artísticos. Eso explica buena parte de su obra y quizá también explique por qué nunca fue fácil colocarlo exactamente en el lugar que la historia de la música española reserva para quienes necesitan una etiqueta debajo del nombre.

Víctor Coyote no tuvo una, tuvo muchas u probablemente no quiso ninguna.

UN COYOTE ENTRE LA MOVIDA

Había nacido en Tui en 1958 y llegó a Madrid en la segunda mitad de los setenta para estudiar Bellas Artes. Después apareció el Punk.

Coyote explicaría muchos años más tarde que aquel movimiento le permitió descubrir algo fundamental: quizá hacer música no fuera una actividad reservada exclusivamente para virtuosos. No podía convertirse en Yes, ironizaba, pero tal vez sí podía acercarse a la energía inmediata de grupos como Eddie and the Hot Rods. De esa intuición surgirían Los Coyotes.

El grupo comenzó dentro del Rockabilly y el Punkabilly y formó parte de la efervescencia cultural de la Movida madrileña. Ensayaban en espacios compartidos con otras bandas de aquella generación y circulaban por los mismos conciertos y ambientes. Coyote nunca renegó completamente de aquella etiqueta porque, sencillamente, había estado allí.

Pero permanecer exactamente en el lugar donde los demás habían comenzado a reconocerlo habría sido demasiado sencillo y Coyote parecía desconfiar profundamente de la comodidad artística.

Los Coyotes empezaron a incorporar ritmos procedentes de América Latina cuando gran parte del rock español todavía contemplaba aquellas músicas con prejuicio o directamente con desprecio: Cumbia, Merengue, Salsa, Músicas de raíz, Electrónica, … Todo podía entrar.

La transformación confundió a parte del público que esperaba que aquel grupo continuara haciendo exactamente aquello por lo que había comenzado a gustarle, pero Víctor siguió adelante.

CUANDO LO LATINO TODAVÍA ERA «HORTERA»

Hoy resulta sencillo hablar de la influencia latinoamericana en la música popular española, pero no lo era tanto durante los primeros años ochenta.

El propio Coyote recordaba que existió una época en la que determinados ambientes culturales miraban hacia Londres, Berlín o Nueva York mientras despreciaban sonidos latinoamericanos que, paradójicamente, llevaban décadas formando parte de nuestra memoria colectiva.

Él sabía que aquellas músicas estaban allí, las había escuchado en Galicia, en las orquestas populares, en discos comprados por muy poco dinero en el Rastro madrileño, en grabaciones encontradas en Portugal, en Santana, en la Salsa, en todas esas corrientes de ida y vuelta que habían atravesado el Atlántico muchas veces antes de que alguien sintiera la necesidad de inventar una etiqueta moderna para describirlas.

A Víctor Coyote se le ha presentado con frecuencia como uno de los pioneros del Rock latino en España. Él mismo matizaba esa afirmación, no porque rechazara el reconocimiento, sino porque conocía demasiado bien la historia como para atribuirse una invención que había tenido numerosos antecedentes. Recordaba a Barrabás, Elkin & Nelson, Santana y otras experiencias anteriores que demostraban que el diálogo entre el Rock y las músicas latinoamericanas no había comenzado con él y ese detalle dice mucho de su personalidad.

Incluso cuando la historia estaba dispuesta a concederle una medalla, Coyote parecía más interesado en complicar el relato que en aceptar una versión cómoda.

CURIOSIDAD ANTES QUE PUREZA

Quizá la palabra que mejor define su trayectoria sea curiosidad: Coyote buscaba discos extraños, miraba portadas, escuchaba aquello que otros descartaban, recogía elementos aparentemente incompatibles y comprobaba qué ocurría cuando los colocaba juntos.

No perseguía la pureza. La pureza probablemente le habría parecido bastante aburrida.

En los últimos meses de su vida seguía defendiendo que la música todavía podía encontrar caminos nuevos y cuestionando la idea de que todo estuviera inventado. Para él, las combinaciones posibles eran prácticamente inagotables.

Esa forma de pensar ayuda a entender que su carrera nunca pudiera limitarse a una sucesión ordenada de discos: El mismo hombre que componía canciones dibujaba, el que dibujaba escribía, el que escribía realizaba documentales, el que hacía videoclips podía acabar desarrollando una pieza relacionada con un cuadro del Museo Thyssen… No existía una frontera suficientemente sólida entre todas aquellas actividades.

En una entrevista concedida a El País en 2006 explicó que consideraba precisamente la multidisciplinariedad una de sus principales virtudes: trabajar en varias disciplinas le permitía observar los acontecimientos desde ópticas diferentes. Veinte años después seguía haciéndolo.

EL ARTISTA QUE TENÍA MÁS OJO QUE OREJA

Víctor Coyote llegó a decir que probablemente tenía «más ojo que oreja» y no era falsa modestia, era otra manera de explicar la ausencia de compartimentos.

Había estudiado Bellas Artes antes de comenzar a escribir canciones y nunca abandonó realmente aquella mirada.

Fue pintor, ilustrador, diseñador gráfico y autor de cómics, trabajó también en videoclips, cortometrajes, animación y documentales. Su obra visual apareció vinculada a múltiples proyectos culturales y audiovisuales y, todavía en 2026, el Festival de Cans decidió homenajear precisamente esa dimensión múltiple mediante una exposición y el reconocimiento a toda su trayectoria.

No eran aficiones paralelas, formaban parte del mismo creador: La canción podía pensar como un dibujo, el dibujo podía contener el ritmo de una canción, un documental podía prolongar una pregunta que antes había aparecido en otro formato.

Coyote no parecía cambiar de profesión cuando pasaba de una disciplina a otra, solo cambiaba de herramienta.

NO EXPLICAR DEMASIADO

Existe otra característica especialmente interesante en su forma de entender el arte.

Víctor Coyote desconfiaba de las explicaciones excesivas, pensaba que verbalizar demasiado una obra podía romper una parte de su magia y eso no significaba que rechazara las entrevistas —afortunadamente para quienes tuvimos la oportunidad de hacerle alguna— ni que cultivara deliberadamente el misterio, simplemente entendía que una canción debía poseer vida propia.

¿Qué había que explicar, por ejemplo, de ‘Esta noche me voy a bailar’?, probablemente muy poco, se escucha, se comprende, se baila…y después cada persona decide qué hacer con ella.

En una época en la que los artistas parecen obligados a explicar el concepto, el proceso, las referencias, el significado oculto y hasta el color emocional de cada lanzamiento antes de permitirnos escucharlo, esa posición resulta extrañamente contemporánea, Coyote prefería dejar alguna puerta abierta, quizá porque sabía que la curiosidad necesita espacio para entrar.

NI LA NOSTALGIA NI EL MUSEO

Una de las trampas más habituales para los artistas asociados a una generación histórica consiste en convertirse progresivamente en representantes oficiales de su propia juventud: Interpretar el papel que los demás esperan, repetir los recuerdos, explicar una y otra vez qué ocurrió en aquellos años, reproducir las canciones que el público necesita escuchar para recuperar durante unas horas una parte de sí mismo.

Víctor Coyote nunca pareció demasiado cómodo en ese lugar. Podía hablar de la Movida, por supuesto, pero también cuestionar su mitología.

Aceptaba que había formado parte de ella y, al mismo tiempo, rechazaba tanto su glorificación absoluta como las revisiones posteriores que pretendían reducirla a una caricatura.

Le molestaba especialmente que las instituciones museificaran aquella época mientras podían dedicar esos mismos recursos, por ejemplo, a proporcionar locales de ensayo a quienes estaban intentando crear música en el presente.

La idea resume bastante bien su posición: El pasado merece ser recordado, pero no debería ocupar el espacio del futuro.

“EL PROPIO”

Quizá por eso resulta tan significativo que su último disco publicado en vida se titulara “El Propio”.

Apareció en enero de 2026 y reunía nueve canciones procedentes de sus seis discos en solitario junto a una composición nueva, ‘Así me tratan ahora’.

Podría interpretarse como una retrospectiva, pero cuesta imaginar a Coyote contemplando su trayectoria con solemnidad, más bien parecía una manera de poner sobre la mesa varias décadas de exploraciones y comprobar qué conversación seguían manteniendo entre ellas.

Ese mismo año volvió también sobre “Cruce de perras”, sus historias relacionadas con los años de la Movida, demostrando que regresar al pasado no tiene por qué significar instalarse dentro de él.

Y pocos meses antes de morir recibió en Cans un homenaje a más de cuatro décadas de creación musical, gráfica y audiovisual. El reconocimiento llegó mientras seguía trabajando, como debería ocurrir siempre.

EL ÉXITO DE LLEGAR A CENAR

En una de sus últimas entrevistas apareció una reflexión aparentemente secundaria que ahora resulta difícil leer de la misma manera.

Hablando sobre el éxito, Coyote recordó a Fats Domino.

Después de pasar años viajando y actuando por todo el mundo, Domino decidió que tocaría cerca de casa y a una hora que le permitiera regresar para cenar con sus nietos.

Víctor consideraba que aquello también podía ser una forma de éxito: la observación encajaba con alguien poco interesado en las definiciones únicas. El éxito podía ser vender millones de discos, tener prestigio, llenar salas, pero también conseguir que la vida que rodea al trabajo continúe teniendo sentido.

Otra vez, Coyote se negaba a escoger una sola respuesta.

AQUEL DÍA DE 2020

En Histéricas Grabaciones no escribimos hoy sobre un artista al que únicamente conocemos por sus discos.

Hace seis años tuvimos la fortuna de entrevistarlo en persona, por eso la noticia pesa de una manera diferente.

Cuando entrevistamos a alguien, durante un momento deja de ser únicamente el nombre que aparece en una portada. Hay una voz que responde, silencios, gestos, maneras de ordenar una idea y pequeñas cosas que ninguna biografía puede recoger.

En aquella conversación, Víctor nos ofreció sin saberlo una frase que ahora sirve mucho mejor que cualquier epitafio:

«La música mía suena a Coyote»

No dijo que sonara a Rock, ni a Música latina, ni a Punk, ni a Cumbia, ni a la Movida: A Coyote.

Había pasado toda una vida tomando cosas de aquí y de allí hasta conseguir que la única etiqueta suficientemente precisa fuera su propio nombre.

Eso quizá sea una de las aspiraciones más difíciles para cualquier artista, no inventar necesariamente un género si no convertirse uno mismo en el género.

EL HOMBRE QUE NO QUISO ELEGIR

La historia de Víctor Coyote podría contarse enumerando canciones, discos, libros, dibujos, documentales y colaboraciones… Sería correcta, pero sería insuficiente porque lo que conecta todas esas piezas no es un estilo, es una actitud, la curiosidad frente al prejuicio, la mezcla frente a la pureza, el humor frente a la solemnidad, la cultura popular frente a quienes necesitan jerarquizarla, la búsqueda frente a la repetición.

Víctor Coyote entendió algo que con frecuencia olvidamos: nuestra identidad no tiene por qué construirse eliminando contradicciones: Podemos querer a Bowie y a Tego Calderón, podemos estudiar Bellas Artes y tocar rockabilly, podemos amar el punk y el merengue, podemos hacer un cómic después de grabar una canción y filmar un documental después de dibujar una portada… No es necesario escoger un solo mundo.

Quizá la verdadera personalidad aparezca precisamente en la forma particular en que conseguimos hacer convivir todos los nuestros.

Víctor pasó más de cuatro décadas haciéndolo, por eso sus canciones no sonaban exactamente a aquello de lo que procedían, sonaban a él y ahora que ya no está, quizá comprendamos todavía mejor la dimensión de aquella frase que nos regaló hace seis años.

La música de Víctor Coyote sonaba a Coyote, sus dibujos también, sus películas, sus historias, su manera de mirar.

Hasta siempre, Víctor… y gracias por no haber elegido nunca un único lugar en el que quedarte.

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