El artista castellano demostró en Segovia por qué se ha hecho un hueco en la industria con una identidad sonora única
El pasado 2 de Mayo, el Teatro Juan Bravo de Segovia fue testigo de un emocionante viaje por las entrañas del folclore castellano de la mano de Dulzaro (Alberto Domínguez, 1994), una de las voces más valientes y contemporáneas de la música de raíz.
El artista pisaba el escenario al ritmo de los primeros compases de “Ícaro”, tema que da nombre a su primer disco recién salido hace apenas un mes. Pero pronto comenzó a sonar “La Tarara, sí; la Tarara, no”, junto al aplauso y el coro del público y es que… ¿quién no la ha cantado alguna vez? ¿Quién no la conoce?
Lo que Dulzaro propone no es solo música: es memoria viva. A través de sus palabras y de cada canción, fue haciendo un recorrido por la tradición castellana y desgranando el folclore segoviano. Un folclore visto y entendido desde otro ángulo, uno que abraza y nos acerca nuestras raíces con respeto, amor e innovación.
Y estando en Segovia, y hablando de folclore… no podía faltar Agapito Marazuela, figura clave en esta tierra. «A mí me hipnotizó», confesaba el artista antes de interpretar el fandango “Veinte duros” que Marazuela recogió hace décadas y ahora Dulzaro ha incluido en su álbum.
Esa línea invisible que une generaciones es el folclore, y esa es la herencia que
disfrutamos durante los más de 60 minutos que duró el concierto.
Durante este recorrido tampoco faltaron joyas como la “Jota del Moreno” aprendida de su profesor Iván, quien le enseñó a bailar jota en Aranda de Duero, “Jota de la Luna”, que le llevó hasta Peñaranda de Duero para grabar el videoclip, “La penitente” que nos hizo volver hasta Lorca y su obra teatral Yerma o “La niña de la arena”, resultado de una colaboración con Erik Urano, donde el rap y el charro se dan la mano.
Y cuando parecía que este viaje se iba acabando… llegaron los gritos del público “¡Otra, otra!” y fue con “Seguidillas del Molino” creada junto a Castora Herz, y el ritmo de las cucharas lo que puso el broche final a esta reliquia de noche.
Y así fue como Dulzaro nos hizo entender que el folclore es un lenguaje vivo, que lo popular no está en el pasado, sino en el presente de quien lo hace suyo.













