¿Has visto las imágenes de Baltimore?
(c) El texto es de Xavi Alcalde / Las fotos son de Laura Dominguez
En ocasiones, el telonero es alguien a quien no se sabe muy bien por qué le han dado una oportunidad, y una sala como Razzmatazz 2 le queda grande. No es el caso. Los barceloneses Gyoza podían haber sido el principal atractivo de la velada. En algo menos de 45 minutos desplegaron un rock pesado, en el mejor de los sentidos. Mientras tanto, muchas y muchos movían las cabezas al compás e incluso había quien saltaba. Hubo bastantes aplausos, que dieron paso a una legión de técnicos para preparar el set de Bala.
La preparación incluía levantar una gran lona que había a la derecha, bajo la cual apareció una reluciente bateria, elevada sobre una tarima. En el centro del escenario, una bandera palestina. Y detrás se proyectaría la carátula del disco al que pertenecía cada canción. He aquí la producción minimalista, suficiente para acompañar una actuación arrolladora, en 17 canciones.
‘Tripas/Chained’ («Human Flesh», 2015), primer tema de esa ‘carne humana’ que es el primer LP de Bala, es una buena manera de empezar el bolo. Su minuto y medio instrumental al inicio muestra tal vez que en esa época la música era la prioridad del grupo. Le sigue ‘Equivocarme’ («Besta»,
2024), uno de los pepinazos del último disco, temazo de principio a fin. Y en el que la letra se puede gritar fácilmente, quizás por el idioma, quizás porque Anxela Baltar vocaliza más, acompañada por los imprescindibles redobles de batería. En Razz fue el toque de salida a una noche de pogos.
Llega la sección dedicada a «Lume» (2017) [fuego], disco que las confirmó como una de nuestras bandas más internacionales. Son cuatro temas: la enérgica ‘Colmillos’ (primer single) termina con una sentencia incisiva: “sabes quе nunca se cerrará la herida”; Omertá empieza con ‘No queda gasolina’, toda una declaración de intenciones, y remite a su videoclip de estética cinematográfica; en el de ‘Vitamina’ vemos imágenes de su gira por Japón y Australia — verlas rodeadas de canguros te saca una sonrisa, y en la calle AC/DC Lane de Melbourne un atisbo de envidia—; ‘Liar’ acaba con ese “Why don′t you get your things and go away?” y uno casi siente compasión por quien recibe tremendo aullido.
Volvemos a los últimos discos. ‘Verde’ («Besta») está construida a partir de un riff demoníaco al grito de “100 jinetes del Apocalipsis cabalgando en tu interior”, sin olvidar la vertiente más lírica robertoiniestana (DEP) “Y en tu pecho una flor”. A continuación, dos ejemplos de ese metal de tempo lento y atmósferas opresivas (doom), pantanosas y densas (sludge), que Bala domina a la perfección: primero el ruidoso y abrasivo ‘Mi orden’ («Maleza», 2021), en cuyo videoclip la baterista y la guitarrista se integran en una cuidada animación; nos explican cómo aunque “El caos altera mi orden, no lo evito, hoy me hace bien”. En una suerte de continuidad narrativa (y musical), en ‘Inmutable’ («Besta») hallamos de nuevo el fuego, el humo y la ceniza, y los intentos por protegerse de los peligros que nos acechan, para concluir con “Quiеres ver el ciеlo ardiendo”.
Mención especial para ‘Prisas’, primer single de Besta. Temazo. “¿Qué prisas son esas?” Imposible ver el precio al que está el aceite de oliva en el súper sin acordarse de Violeta Mosquera haciendo el gesto de 3 con los dedos. Y lo mismo ocurre con las inmobiliarias y los alquileres, maldito privilegio. Mientras, en la Razz 2 el pogo se descontrola y a mi lado un padre pide al más más desatado que vaya con cuidado. Una canción para escuchar en bucle.
En ‘Fuera’ («Besta») se mezcla el doom con algo de hardcore y se retoma la temática de Prisas: “Aprendí a cuidarme y a descansar cuando todo a mi alrededor me pedía acelerar”. En ‘Quieres entrar’ («Maleza») nos recuerdan que “debes tener cuidado”. Sea como sea, “hoy solo quiero vivir”.
Y llegamos al (único) momento en el que servidor echa de menos la presencia de un bajista. En concreto, de Krist Novoselic. Se trata de ese estallido mágico que es ‘Territorial Pissings’, en el que Violeta no tiene nada que envidiar a Dave Grohl y la voz de Anxela da un toque muy sugerente al track número 7 del «Nevermind». El público goza de lo lindo esas meadas territoriales, coreando unas críticas a la masculinidad tóxica, la moral conservadora y la hipocresía social que forman ya parte de la cultura alternativa de varias generaciones.
De ahí pasamos a ‘Bessie’ («Maleza»), en honor a la primera afroamericana en cruzar EE.UU. en moto, hace ya casi 100 años. Anxela explica que se la dedica, como siempre, a su hija Vera, para que sea libre. Por su parte, Violeta se anima con el estribillo de ‘Quiero ser libre’, de Los Chichos… “Ride free Bessie, ride free”.
Bala demuestra tener un envidiable control de los tempos. “Esta es la última canción”. Para variar, junto a la oscuridad habrá algo de optimismo. Como nos dicen en ‘Una selva’ («Maleza»), venimos de una selva en la que “un día estuvimos en la mierda. Y ahora nadamos, caminamos y reímos”.
La recta final sigue in crescendo, acabarán de forma álgida. Así, la primera pieza del bis es ‘Agitar’, el gran hit de Maleza. Y es que desde que escuchas ese “Me has descubierto durmiendo con el ceño fruncido” ya no puedes quitártelo de la cabeza. Luego, en directo, toca desgañitarse.
Para el último tema, Violeta se queda al mando de sus baquetas y Anxela baja a tocar entre el público. No es el único artista que hace algo así en sus conciertos. A bote pronto, me viene el caso de Depedro. También Evan Dando (en solitario) suele hacerlo. La diferencia es que ambos lo hacen en acústico. Por el contrario, Bala mantiene la misma tralla que hasta entonces, a medio metro del pogo. “Hay que hacer ruido” dicen en ‘Humo’ («Lume»), y se lo toman al pie de la letra. Hay aquí un verso que me tiene fascinado: “Hoy el demacre fluye”. Demacre, piel de gallina. Violeta golpea con furia y la batería ‘sufre’. Uno de los técnicos’ acude presto y veloz, porque se desmonta el instrumento. En el solo catártico final, el hombre tiene que quedarse a sostener un bombo, pues en caso contrario habría salido despedido.
Para entonces el otro 50% de Bala ha vuelto ya al escenario y tocando la guitarra en el suelo sigue incrementando el nivel de ruido. El clímax da paso a un clímax aún más intenso, hasta que suena el último redoble de batería. Van hacia la bandera de Palestina, la descuelgan, la sujetan entre las dos y se acercan, muy serias, hasta el borde del escenario, con toda la dignidad que atesoran. El público aplaude, mientras en los altavoces empiezan a sonar los compases iniciales de ‘Killing in the name of’ de Rage Against The Machine. Anxela y Violeta siguen sosteniendo la bandera hasta los primeros versos, que corean junto a la gente. La rabia de la que han hecho gala cobra ahora más sentido si cabe. Los demás nos quedamos disfrutando de una canción mítica, a pesar de los pesares.
Toca asimilar lo vivido y tratar de darle sentido.
¿De dónde sale Bala? Veamos las respuestas de Anxela a Mondosonoro sobre los discos de su vida: el «Nevermind» de Nirvana (puerta de entrada a lo demás), el «Blue Album» de Weezer (melodías luminosas con letras honestas e incómodas), el «Bricks Are Heavy» de L7 (rock femenino con actitud y volumen), el «Coral Fang» de The Distillers (rabia afilada y conciencia social), el «To Bring You My Love» de PJ Harvey (rock conceptual y libérrimo) y el «Paranoid» de Black Sabbath (todo, viene, de ahí). La mitad cantados por mujeres, la mitad por hombres. La mayoría, de los años 90. Y todos, anglosajones. Quizás por ello empezaran componiendo en inglés.
A preguntas parecidas, Violeta responde parecido. Por un lado, AC/DC o Led Zeppelin; por otro, Pixies o The Breeders, por supuesto las Riot Grrrl y, en general, toda mujer haciendo música, incluyendo a Celia Cruz o a bateristas pop como Caroline Corr en su tema ‘Breathless’.
Lo que es evidente es que ambas van sobradas de cultura musical, beben de una diversidad de estilos y escuchan bandas actuales y clásicas, de distintas partes del mundo. De ahí que uno se tenga que devanar los sesos para ver qué parte de ese sonido (y de esa personalidad) es grunge, hardcore, stoner, punk, noise, metal… con el adjetivo ‘alternativo’ a gusto del consumidor. En todo caso, ahora las referentes son ellas.
Rebosan carisma, desprenden seguridad y una energía contagiosa. Y son conscientes de lo bien que lo hacen. Durante el concierto, Anxela se aproxima al borde del escenario, sonriendo al público. Tus ojos no saben donde mirar, porque de forma natural buscas las manos en la guitarra, pero Violeta en la batería es magnética. En otros momentos, la guitarra se acerca a la batería y
tocan mirándose, mostrando más complicidad si cabe.
¿De dónde sale Bala? Otra manera de responder es observando sus vidas pasadas. ¿Se imaginaba aquella estudiante de ciencias políticas interesada por la cooperación internacional que acabaría en un grupo así? ¿Y la que investigaba comunidades indígenas en Ecuador y luego se doctoraba sobre movilizaciones sociales a medio camino entre la sociologia y la comunicación?
Quizás sí. En cualquier caso, es obvio que comparten una sensibilidad social. Y que la bandera palestina no es una pose.
Para ir acabando, una crónica no sería tal si no hubiera críticas. La primera, que no tocaron todas las que me gustan, qué le vamos a hacer. A ver si la próxima vez se animan con ‘Ouvir‘, ‘Hoy no’ o ‘Nada Más’. Y la segunda, más en serio, que la acústica da la sala 2 de Razz no hizo siempre justicia a su desempeño vocal. Un ejemplo: de repente, Violeta citó el vídeo viral del gran Villarroya y su memorable “¿Has visto las imágenes de Baltimore?” Otro alarde de espontaneidad, aunque no sé si fueron muchos los que pillaron la referencia. No supe de donde venía, porque no oí lo que dijo antes. Lo que dijo después fue “¡Por Baltimore!” y empezó el tema.
Y hasta aquí la deliciosa tormenta de decibelios que fue el concierto de Bala.












