Aitana Cuétara, directora de Jazz de Ría: “Los festivales deberían adaptarse al territorio, no adaptar el territorio a las necesidades del festival”

Cuando un festival aprende a escuchar el lugar donde sucede

Un eclipse al caer la tarde. El sonido de las olas mezclándose con una guitarra. Un mirador convertido en escenario. La melodía de un afilador gallego viajando durante décadas hasta acabar en la trompeta de Miles Davis. Podrían parecer historias independientes, pero en Jazz de Ría forman parte de un mismo relato.

La décima edición del festival, que se celebrará del 12 al 16 de agosto entre Narón, Neda, Cedeira y Valdoviño, no pretende únicamente reunir una programación internacional de primer nivel. Su objetivo vuelve a ser otro mucho más ambicioso: demostrar que la música puede dialogar con el paisaje, con la memoria y con quienes habitan ese territorio.

Un aniversario que mira hacia delante

Cumplir diez ediciones suele ser motivo para detenerse y mirar atrás. En Jazz de Ría ocurre justo lo contrario.

“Poquito a poco fuimos consolidando esta relación con los lugares que nos acogen, con los vecinos, con el público que repite año tras año… y es muy bonito”

Explica su directora, Aitana Cuétara.

No habla de cifras ni de crecimiento. Habla de vínculos. De una comunidad que ha ido creciendo alrededor de una forma distinta de entender un festival.

Miles Davis y un afilador gallego

El hilo conductor de esta edición nace de una historia tan real como sorprendente.

En 1952, el etnomusicólogo Alan Lomax grabó en Ourense a José María Rodríguez, un afilador y capador que anunciaba su llegada con el sonido de su chifro. Años después, aquella grabación acabaría inspirando el comienzo de The Pan Piper, incluida por Miles Davis en su legendario Sketches of Spain.

Para Aitana, recuperar esta historia significa mucho más que celebrar el centenario del trompetista estadounidense.

“Reivindicará toda esta cadena de sabiduría es importantísimo”

Porque antes de llegar a los grandes escenarios existieron generaciones enteras de personas anónimas —muchas de ellas mujeres— que conservaron y transmitieron un patrimonio musical del que hoy sigue alimentándose la creación contemporánea.

El paisaje también forma parte del cartel

Mientras muchos festivales diseñan primero el cartel y después buscan dónde colocarlo, Jazz de Ría trabaja exactamente al revés.

Cada concierto nace pensando en el lugar donde va a celebrarse.

“Los festivales deberían adaptarse al territorio, no adaptar el territorio a las necesidades del festival.”

Esa idea explica por qué un eclipse solar puede inaugurar el festival desde un mirador de Cedeira, por qué Alejandro y María Laura actuarán al atardecer frente al mar o por qué un monasterio puede convertirse en el escenario perfecto para contar la historia que une Galicia con Miles Davis.

Aquí el paisaje nunca es un decorado, es un músico más.

Una experiencia sin prisas

La programación de este año reúne artistas procedentes de Cuba, Argentina, Perú, Palestina, Irlanda, Estados Unidos y España, convirtiéndose en la edición más internacional del festival.

Sin embargo, Aitana insiste en que esa diversidad no fue un objetivo en sí mismo.

Las propuestas fueron encontrando su lugar dentro del relato hasta formar un conjunto coherente.

Quizá por eso también rehúye esa tendencia actual de convertir los festivales en una competición permanente de experiencias exclusivas.

“No me gustaría que Jazz de Ría se convirtiese en eso.”

Su aspiración resulta mucho más sencilla… y probablemente mucho más difícil de conseguir.

Que alguien se siente frente al mar, escuche un concierto mientras cae el sol, deje el teléfono en el bolsillo durante un rato y preste toda su atención a lo que está ocurriendo.

“Si somos capaces de poner toda nuestra atención en este momento, ya está, es magia.”

Escuchar un lugar

Al preguntarle qué le gustaría que sintiera quien descubra Jazz de Ría por primera vez, Aitana no habla de grandes emociones ni de recuerdos imborrables, habla simplemente de conectar: Con la música, con el paisaje, con las personas.

Quizá ahí resida la personalidad de un festival que, diez años después, sigue creciendo sin perder de vista aquello que le dio sentido desde el principio: entender que la cultura no llega para transformar un lugar, sino para aprender primero a escucharlo.

Nuestro compañero Josechu Egido ha hablado con Aitana Cuétara, directora de Jazz de Ría, sobre la décima edición del festival, la sorprendente historia que une a Miles Davis con un afilador gallego y una forma de entender la cultura donde la música, el territorio y la memoria caminan siempre de la mano. Esta es la entrevista completa para «Histéricas Grabaciones».

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La Entrevista


Hola, Aitana. Muchísimas gracias por atender un año más a Histéricas Grabaciones. Hace apenas un año hablábamos del nacimiento y la filosofía de Jazz de Ría. Hoy volvemos a encontrarnos para celebrar una fecha muy especial. ¿Cómo se vive desde dentro alcanzar la décima edición de un festival tan singular?

¡Gracias a ti! Me gustó mucho hacer esta entrevista el año pasado, así que es un placer repetir y más en esta edición que nos hace tanta ilusión celebrar. Para nosotras es un orgullo haber llegado hasta aquí con un festival, como bien dices, tan singular. Poquito a poco fuimos consolidando esta relación conlos lugares que nos acogen, con los vecinos, con el público que repite año tras año… y es muy bonito.

 

Este año el festival no solo celebra un aniversario; también construye toda su identidad alrededor de una historia fascinante: la conexión entre el chifro de un afilador gallego y Miles Davis. ¿Cómo descubristeis esa historia y en qué momento supisteis que debía convertirse en el hilo conductor de esta edición?

En cada edición nos gusta tener un hilo conductor, un relato que atraviese toda la programación, aunque no siempre sea muy evidente, y ya hace años que quería contar esta historia en el festival, pero estaba esperando al momento perfecto. Además del jazz, me apasionan las músicas tradicionales y paso mucho tiempo buscando en los archivos sonoros, escuchando grabaciones de campo y estudiando sobre eso. Y Alan Lomax, el etnomusicólogo estadounidense que grabó esa melodía del chifro, es todo un referente, así que esta historia la tengo muy presente desde hace tiempo. Él estuvo en Nogueira de Ramuín (Ourense) en 1952, que fue donde conoció al capador y afiladorJosé María Rodríguez. Poco después, esa melodía preciosa fue incluída en un disco recopilatorio de folclore español que Lomax editó en los EEUU. Así llegó a Miles Davis, que en 1960 presentó The Pan Piper, una reinterpretación exacta y maravillosa de ese mismo toque. 

Lo que más sorprende de esa historia es que reivindica a una persona completamente anónima para el gran público. ¿Crees que el jazz, y la cultura en general, también tienen la responsabilidad de rescatar esas pequeñas historias que terminan formando parte del patrimonio colectivo?

 Absolutamente. Toda la música contemporánea parte de algún modo de las músicas de tradición oral, y todo ese patrimonio fue guardado, conservado, usado, disfrutado y transmitido por generaciones y generaciones de personas anónimas (mayoritariamente mujeres) a las que debemos estar muy agradecidas. Reivindicar toda esta cadena de sabiduría es importantísimo.

 

El centenario de Miles Davis sirve como punto de partida, pero el festival termina hablando también de Galicia, de tradición oral y de identidad. ¿Qué os interesaba contar exactamente con esa unión entre un músico universal y un oficio tan profundamente ligado a nuestra tierra?

Creo que todo forma parte de lo mismo. Celebramos a Miles Davis con toda nuestra admiración, pero también queremos celebrar a Xabier Díaz, por ejemplo, el artista que abrirá el festival. Él es uno de los grandes referentes en la transmisión de la música tradicional ibérica. Parece un músico bastante improbable para un festival de jazz, pero de repente aquí, este año, tiene todo el sentido. Unir estas sensibilidades nos parece que es como hacer que las piezas encajen. Si Davis y Lomax, desde el otro lado del mundo, se quedaron fascinados con la grabación de José María, ¿cómo no nos va a pasar a nosotras?

 

Jazz de Ría siempre ha entendido el paisaje como un instrumento más. Este año volvéis a programar conciertos en playas, miradores, parques o monasterios, e incluso inauguráis el festival coincidiendo con un eclipse solar. ¿Cómo influye cada espacio en la elección de la música que allí sonará?

Los festivales deberían adaptarse al territorio, no adaptar el territorio a las necesidades del festival, que es lo que pasa casi siempre. Aquí cada concierto se programa específicamente para el lugar donde se celebra y no todos los formatos funcionan en todas partes, por lo que el trabajo de curadoría que hay detrás de la programación a veces es un poco más complicado, ¡aunque también más divertido! Además, la Costa Ártabra es preciosa, no tendría sentido no aprovechar ese valor.

 

Esta será la edición más internacional de la historia del festival, con músicos procedentes de Cuba, Argentina, Perú, Palestina, Irlanda, Estados Unidos y España. ¿Qué buscáis cuando reunís culturas tan distintas bajo una misma programación?

Es una suerte poder contar en esta edición con artistas tan diversos, con formas tan diferentes de hacer música. El público del Jazz de Ría siempre agradece mucho descubrir artistas nuevos, sonoridades nuevas, es un público con mucha curiosidad. Pero en realidad, que nos haya quedado una programación tan internacional no fue algo buscado como tal, poco a poco las propuestas iban encajando en lo que queríamos contar y ahora cada uno de estos artistas me parece perfecto para el escenario en el que estarán. 

 

Después de diez años organizando Jazz de Ría, ¿dirías que el festival ya tiene una personalidad perfectamente definida o sigue siendo un proyecto que continúa transformándose con cada edición?

Pues… las dos cosas. Sí creo que tiene una personalidad muy definida, siempre seguimos una misma línea conceptual, así en términos generales, y eso nos parece importante mantenerlo. Pero también cada año intentamos evolucionar, incorporar nuevos lugares y nuevas experiencias, crecer, sorprendernos…

 

En una época en la que muchos festivales parecen competir únicamente por tener el cartel más llamativo, Jazz de Ría apuesta por construir un relato que une música, paisaje, patrimonio y memoria. ¿Crees que el público busca cada vez más ese tipo de experiencias completas?

Creo que sí, pero también tengo la sensación de que esas experiencias completas que cada vez se ofrecen más en los festivales, vuelven a llevarnos a la misma competición. Es exactamente lo mismo, pero con experiencias gastronómicas, paseos en barco y todo tipo de cosas super exclusivas. No me gustaría que el Jazz de Ría se convirtiese en eso.

 

Si hoy pudieras sentarte durante unos minutos con Miles Davis en cualquiera de los escenarios naturales del festival, ¿qué lugar elegirías y qué te habría gustado que escuchara o descubriera de la Costa Ártabra?

¡Guau…! ¡no sé si sería capaz de hablar! (risas)
Me gustaría llevarlo a conocer a los vecinos de Neda o de Cedeira, a cantar en las tabernas con la gente mayor, a comer unos percebes, a pescar… Y me gustaría sobre todo que escuchase mucho más de nuestra música tradicional. Creo que habría flipado con todo esto.

 

Para terminar, después de diez ediciones construyendo puentes entre música, territorio y personas, ¿qué te gustaría que sintiera alguien que descubra Jazz de Ría por primera vez este verano y regrese a casa cuando termine el festival?

Me gustaría que hubiese conectado de verdad con la música y con esos lugares, nada más. Por ejemplo, el concierto de Alejandro y María Laura se hará en lo alto de la Praia do Baleo, justo cuando el sol se pone sobre el mar, con el ruido de las olas de fondo, las gaviotas, la gente sentada en la hierba, sin prisa, sin colas, casi nadie tiene el teléfono en la mano… Si somos capaces de poner toda nuestra atención en este momento, ya está, es magia. Me gustaría que sintiera eso y, por supuesto, que repita.

 

Ha sido un auténtico placer volver a conversar contigo. Muchas gracias por dedicarnos este tiempo y por seguir apostando por una forma de entender la cultura donde la música, el territorio y la memoria caminan de la mano. Os deseamos una magnífica décima edición y que, cuando el festival termine, quienes hayan pasado por Jazz de Ría regresen a casa con la misma sensación que deja una gran melodía: la de haber vivido algo que permanecerá mucho tiempo en la memoria.

El placer es mío. ¡Moitas grazas!

 

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