EL FUTURO CUMPLE CINCUENTA AÑOS
La tecnología envejece muy deprisa, pero las canciones, no siempre.
Jean-Michel Jarre lo publicó originalmente en Francia en 1976 y lo llevó al mercado internacional al año siguiente. Terminó convirtiéndose en su gran irrupción mundial y en una de las obras que ayudaron a trasladar la música electrónica desde terrenos experimentales hacia una audiencia masiva. Su página oficial cifra las ventas del álbum en más de 18 millones de copias.
Un sintetizador puede quedar obsoleto en pocos años. Un formato desaparece. Una máquina que parecía revolucionaria termina expuesta detrás de un cristal. Los programas cambian. Las pantallas aumentan de resolución. Los estudios acumulan posibilidades que en 1976 habrían parecido ciencia ficción, y, sin embargo, “Oxygène” sigue ahí, no como una demostración histórica de cómo sonaba la electrónica hace cincuenta años, como algo mucho más incómodo para el calendario, un disco antiguo que todavía conserva misterio.
Pero las cifras explican muy poco, lo extraordinario ocurrió antes.
Una cocina suficientemente grande para contener el futuro
Jarre no grabó “Oxygène” en un laboratorio tecnológico inexpugnable, lo hizo en su casa.
Había conseguido reunir algunos sintetizadores, pedales, una grabadora y suficientes máquinas como para convertir la cocina de su apartamento parisino en un pequeño estudio. Por supuesto, no tenía infinitas pistas, no tenía restauración digital, ni automatizaciones capaces de recordar cada movimiento, lo único de lo que tenia mucho eran limitaciones y tuvo que imaginar dentro de ellas.
Años después recordó que incluso su Mellotron estaba parcialmente averiado y que utilizó cinta adhesiva sobre una caja de ritmos Korg para conseguir que reprodujera simultáneamente combinaciones de patrones que la máquina no estaba diseñada para ofrecer y quizá ahí empiece una de las grandes paradojas de “Oxygène”.
El álbum que acabaría representando para millones de personas una idea del futuro nació utilizando tecnología que ya entonces necesitaba ser engañada.
La innovación no estaba únicamente en disponer de máquinas nuevas, estaba en hacerles hacer cosas para las que no habían sido creadas.
Nadie sabía muy bien qué vender
La industria tampoco parecía preparada.
Según ha contado Jarre, distintas compañías rechazaron el proyecto porque no había cantante, no había batería tradicional, las piezas podían ser largas y era francés, y aquello no se ajustaba con demasiada facilidad al producto que una discográfica esperaba recibir a mediados de los setenta.
Resulta divertido leerlo medio siglo después, porque la historia de la música está llena de obras cuya rareza inicial termina siendo reinterpretada posteriormente como evidencia de que su éxito era inevitable y no lo era.
“Oxygène” no apareció en un mundo que estuviera esperando exactamente ese disco, tuvo que fabricar también a parte de su público.
Jarre quería unir la experimentación electrónica que había conocido en su formación —incluido el entorno de Pierre Schaeffer y la musique concrète— con una sensibilidad más melódica y cercana al pop.
Esa tensión sigue dentro del álbum con sonidos abstractos que no renuncian a la melodía, paisajes que pueden escucharse como vanguardia y, pocos minutos después, quedarse adheridos a la memoria…. qué curioso… máquinas intentando emocionar.
La Tierra ya estaba rompiéndose
La portada también entendió el disco antes de que el disco fuera historia.
El artista Michel Granger había pintado aquella Tierra cuya superficie se desprende para revelar un cráneo.
Jarre vio la obra en una exposición y decidió que aquella debía ser la imagen de “Oxygène”. Granger había concebido la pintura dentro de una serie relacionada con el deterioro del planeta y 50 años después resulta difícil separar ambas cosas: La música parece futurista, la portada habla de fragilidady el título habla del elemento que permite respirar… y no hay contradicción.
La misma tecnología que promete futuros nuevos convive con una preocupación profundamente terrestre, quizá por eso “Oxygène” nunca ha parecido únicamente una colección de sonidos electrónicos, porque tiene aire, paisaje, espacio y también una cierta melancolía que resulta extraña en algo que durante años fue utilizado como ejemplo de modernidad tecnológica.

La paradoja de remasterizar algo que ya parecía nuevo
La edición del 50.º aniversario se publicará el 20 de noviembre. La mezcla estéreo original ha sido remasterizada nuevamente a partir de las cintas originales. Habrá vinilo de 180 gramos cortado a media velocidad por Miles Showell en Abbey Road, CD, edición limitada y un mediabook en Blu-ray, y, por primera vez, “Oxygène” podrá escucharse en Dolby Atmos.
La tentación evidente sería presentar aquello como una actualización, pero Jarre ha explicado justo lo contrario, ya que su intención no ha sido cambiar el disco, ha sido preservar su carácter, y eso importa porque no estamos ante una obra envejecida que necesite tecnología contemporánea para disimular cincuenta años.
La tecnología contemporánea se pone al servicio de algo que ya existía, no corrige el pasado, solo intenta escucharlo mejor.
Oxygène ya había vuelto antes
Tampoco es la primera vez que Jarre regresa a este territorio, ya que en 2007, coincidiendo con el 30.º aniversario, volvió a grabar el álbum utilizando los sintetizadores originales y lo llevó posteriormente a una extensa gira europea.
Después llegaron “Oxygène 7-13” en 1997 y “Oxygène 3” en 2016, ampliando aquel universo hasta convertirlo prácticamente en una genealogía dentro de su propia discografía.
No parece incapaz de desprenderse de un éxito antiguo, parece fascinado por comprobar qué ocurre cuando una misma idea atraviesa tecnologías y épocas diferentes, porque una obra electrónica tiene una relación especialmente extraña con el tiempo.
Es verdad que una máquina envejece, pero la posibilidad que abrió puede no hacerlo.
Lo que parecía artificial terminó formando parte de nuestras vidas
En 1976 todavía existía algo profundamente extraño en la idea de escuchar un disco entero construido casi exclusivamente desde instrumentos electrónicos, pero hoy resulta difícil imaginar la música popular sin ellos.
El sintetizador dejó de parecer necesariamente futurista, la caja de ritmos dejó de ser novedad, los ordenadores se convirtieron en estudios y el sonido electrónico dejó de ser un género para convertirse también en infraestructura.
Quizá ese sea uno de los triunfos silenciosos de “Oxygène”, ayudó a normalizar aquello que inicialmente parecía extraño y cuando una revolución triunfa del todo ocurre algo curioso: dejamos de verla, lo que un día pareció artificial pasa a formar parte del paisaje.
De unas pocas máquinas a la inteligencia artificial
El aniversario llega además en un momento especialmente apropiado.
Jarre publicará “Machines: A History of Electronic Music”, un recorrido por instrumentos de su propia colección y por más de un siglo de creación electrónica. Su catálogo y sus futuras obras pasan también a ampliar su relación con BMG, mientras continúa trabajando en música nueva.
La trayectoria resulta casi circular: El joven que tenía que engañar máquinas limitadas para conseguir sonidos inexistentes lleva ahora décadas interrogando tecnologías cada vez más poderosas como el audio espacial, la realidad virtual, los entornos inversivos o la inteligencia artificial.
Su biografía oficial resume esa relación desde una convicción constante: tecnología y emoción no son contrarios, quizá “Oxygène” ya contenía esa idea y es que nunca sonó humano a pesar de las máquinas, sonó humano a través de ellas.
Cincuenta años después
Resulta tentador convertir cualquier aniversario redondo en monumento: ¿50 años?, pues a publicar una edición especial con varios vinilos, información de archivos y textos retrospectivos,… pero el peligro consiste en colocar el disco justo donde nunca perteneció, que es, detrás de una vitrina.
“Oxygène” nació de alguien experimentando con máquinas imperfectas para descubrir qué podían hacer, así que celebrarlo únicamente como patrimonio sería extraño, y la mejor prueba de su importancia no está en contar las copias vendidas, está en escuchar ‘Oxygène Part IV’ hoy y comprobar que ese pequeño pulso electrónico sigue desplazándose sin que se note que lo hace entre épocas.
El mundo tecnológico de 1976 ha desaparecido casi por completo, las máquinas con las que se construyó el álbum pertenecen ya a la historia, pero lo que Jarre hizo con ellas todavía no parece completamente resuelto y quizá ahí esté la diferencia entre una obra futurista y una obra verdaderamente duradera.
La primera imagina cómo sonará mañana, la segunda consigue que, cuando mañana finalmente llega, todavía queramos seguir escuchándola.
Jean-Michel Jarre grabó “Oxygène” mirando hacia delante y 50 años después, podemos girarnos para contemplar todo el camino recorrido y descubrir algo bastante extraño: El disco todavía está delante de nosotros.
