EL ECO DE LOS ÁNGELES: CUANDO GRANADA ESCUCHA DE DÓNDE VIENE

El pasado no regresa, resuena

Un eco nunca devuelve exactamente el sonido que recibió, viaja, choca contra algo, se deforma, pierde intensidad, encuentra otra superficie y cuando regresa, reconocemos el sonido original aunque ya no sea exactamente el mismo.

Por eso “El eco de Los Ángeles · 1976 · 2026” probablemente sea un título mucho más preciso de lo que parece.

Han pasado cincuenta años desde que el accidente de tráfico de 1976 truncó la trayectoria de Los Ángeles y acabó con las vidas de Poncho González y José Luis Avellaneda. Medio siglo después, Granada no intenta reconstruir aquella banda.

Hace algo más interesante: Escucha qué queda de ella en todo lo que vino después.

Antes de que Granada supiera todo lo que iba a ser

Resulta difícil mirar hoy la historia de la música granadina sin hacerlo desde la enorme cantidad de nombres que terminaron convirtiendo la ciudad en uno de los grandes focos de la música popular española, pero antes de muchas de esas historias estuvieron Los Ángeles.

El proyecto conmemorativo recuerda a la banda como una de las primeras formaciones pop andaluzas que alcanzaron un reconocimiento importante dentro y fuera de España, con una trayectoria desarrollada entre los años sesenta y 1976. 

La perspectiva histórica puede convertir fácilmente a los pioneros en fotografías, en nombres que aparecen al principio de una cronología, en antecedentes, pero este disco intenta evitar precisamente eso, porque un antecedente solo pertenece al pasado, una influencia que continúa actuando.

Los hijos musicales

La lista de participantes resulta reveladora: Miguel Ríos, Lori Meyers, Jota y Florent, de Los Planetas, Anni B Sweet, Soleá Morente, Antonio Arias, Juan Codorníu, JJ Machuca y Lorena Enjuto, vinculados a Lagartija Nick, José Ignacio Lapido, José Antonio García y Víctor Lapido, desde el universo de 091, Juan Alberto, de Niños Mutantes, Quini Almendros, de La Guardia, Pedro de Dios, Napoleón Solo y junto a ellos, músicos, familiares e impulsores del propio proyecto.

No son artistas convocados únicamente para prestigiar un homenaje, leídos juntos forman algo parecido a un árbol genealógico, no porque todos suenen a Los Ángeles, precisamente porque no suenan a ellos y esa es la parte importante.

La verdadera influencia rara vez consiste en reproducir el sonido de quien vino antes, consiste en hacer posible que después aparezcan sonidos que ya no necesitan parecerse al original.

Una canción cambia cuando cambia quien la canta

Los primeros adelantos permiten entender la filosofía: Anni B Sweet y Pedro de Dios se acercaron a ‘Momentos’ desde un territorio sonoro propio; Soleá Morente hizo después lo mismo con ‘Una vez más’ y Popi González y Pablo G, hijos de Poncho González, regresaron a ‘Amanecer’, tres aproximaciones diferentes y eso debería ser exactamente un homenaje, no colocar una canción bajo una vitrina, sino preguntarle qué puede significar ahora, porque una canción que solo admite ser reproducida exactamente como era quizá ya haya terminado su recorrido, una canción capaz de soportar otra voz, otra guitarra, otra época y otra sensibilidad todavía tiene cosas que hacer.

Los hijos de Poncho

En medio de todos los nombres existe además una circunstancia imposible de escuchar como una colaboración más: Popi González y Pablo G, hijos de Poncho, forman parte activa del proyecto y participan en la reinterpretación de ‘Amanecer’.

Ahí la palabra legado deja de ser abstracta, existe una transmisión musical, pero también familiar. Una canción escrita o cantada por una generación entra literalmente en las manos de la siguiente y vuelve a ocurrir algo parecido a un eco. La voz que regresa no puede ser la misma, tampoco debería.

Granada no empieza con una generación

Las escenas musicales corren el riesgo de construirse su propia mitología. Se elige una época, un puñado de bandas, un determinado sonido y poco a poco parece que todo comenzó allí.

Granada tiene varias fechas posibles para inventarse a sí misma, pero “El eco de Los Ángeles” obliga a mirar más atrás, antes de 091, antes de Lagartija Nick, antes de Los Planetas, antes de Niños Mutantes y antes de Lori Meyers, no para establecer una clasificación de importancia sino para recordar que las escenas no aparecen por generación espontánea.

Alguien escucha antes, alguien prueba algo, alguien demuestra que es posible, después llega otro y lo contradice y esa contradicción también forma parte de la herencia.

Heredar no significa parecerse

Ese puede ser el gran acierto conceptual del proyecto, si todos los participantes intentaran sonar como Los Ángeles, el homenaje demostraría únicamente que las canciones pueden reproducirse, pero cuando aparecen músicos procedentes del indie, el rock, el flamenco, la psicodelia o diferentes generaciones del pop granadino, sucede otra cosa: se mide la elasticidad de las canciones, cuánto pueden cambiar sin desaparecer, hasta dónde pueden viajar conservando algo reconocible.

La dirección del homenaje lo ha expresado alrededor del proyecto como una voluntad de evitar la nostalgia inmóvil y entender el repertorio como algo todavía capaz de respirar en presente y ahí está la diferencia entre recordar y conservar vivo.

1976

Pero existe una fecha que el proyecto no puede ni pretende esquivar: 1976, año del accidente acabó con Poncho González y José Luis Avellaneda y dejó interrumpida una historia musical cuando todavía estaba sucediendo.

Cincuenta años es una cifra redonda y las cifras redondas son peligrosas porque invitan al museo, a la efeméride, al “se cumplen tantos años de” y este homenaje podría haberse quedado ahí, pero no lo hace porque ha decidido convertir el aniversario en producción nueva, un doble álbum, un concierto, una exposición y conversaciones públicas sobre la historia musical de la ciudad.

El proyecto oficial contempla precisamente esa dimensión más amplia: además del disco y el directo, habrá una exposición con fotografías, prensa, discografía y objetos vinculados a la banda, junto con encuentros sobre la música española de los sesenta y setenta y el papel de Granada, por lo que no se trata solamente de recordar a Los Ángeles, se trata de situarlos.

Del disco al escenario

El álbum se publica el 21 de octubre y tres días después, el 24 de octubre, el Teatro CajaGranada reunirá a una parte importante de los participantes en un concierto conmemorativo. La programación oficial confirma la cita a las 21:00 y un cartel en el que figuran, entre otros, Miguel Ríos, Lori Meyers, José Ignacio Lapido, José Antonio García, Soleá Morente, Antonio Arias, Juan Codorníu, Juan Alberto y Quini Almendros. 

Después llegará una mesa redonda con showcase en noviembre y una exposición documental prevista para diciembre, y tiene sentido, porque si el proyecto habla de transmisión, no puede terminar en un objeto, ya que necesita personas, conversación, escenario…

El problema de los homenajes

Todo homenaje se enfrenta a una contradicción: Quiere mantener vivo algo precisamente porque sabe que pertenece al pasado y puede acabar consiguiendo lo contrario, embalsamarlo, repetir que fue importante, o contar anécdotas, pronunciar la palabra legado tantas veces que aquello que una vez estuvo vivo termina convertido en estatua.

“El eco de Los Ángeles” tiene una posibilidad de escapar de esa trampa porque entrega las canciones a otros y cuando entregas una canción aceptas un riesgo, que es que deje de parecerse a tu recuerdo y eso quizá sea exactamente lo que necesita para sobrevivir.

Lo que sigue sonando

Cincuenta años después, la pregunta no debería ser únicamente cuánto recordamos a Los Ángeles, quizá sea otra:

“¿Cuánto de Los Ángeles llevamos escuchando todos estos años sin saberlo?”

En músicos que aprendieron de otros músicos que quizá habían aprendido de ellos, en la normalidad con la que hoy asociamos Granada a guitarras, canciones y banda, en una tradición pop que parece inevitable solo porque olvidamos el momento en que todavía estaba empezando, y por eso el título importa: El eco, no la réplica, no el monumento, no la reproducción, sino un sonido que salió de un lugar hace mucho tiempo y que, después de rebotar contra cincuenta años de música, vuelve transformado que lo cantan otras voces, lo tocan otras manos y lo escucha otra generación, pero dentro todavía queda algo reconocible y quizá sea esa la única inmortalidad que puede tener una canción, no sonar eternamente igual, sino seguir encontrando a alguien que necesite volver a tocarla.