«Curso de armonía persecutoria»: cómo aprender a convivir con las propias contradicciones o la belleza que aparece cuando uno deja de tener prisa
Hay discos que nacen para acompañar un momento concreto. Y hay otros que necesitan años para encontrar su verdadera forma. En el caso de Yorch, «Curso de armonía persecutoria» pertenece claramente a la segunda categoría.
Durante nuestra conversación con Jorge Naranjo, el músico y cineasta sevillano confesaba una sensación poco habitual en tiempos de inmediatez: la tranquilidad. La tranquilidad de haber dedicado años a un proyecto, de haberlo reflexionado hasta el límite y de sentir, una vez publicado, que difícilmente podría haberlo hecho mejor dentro de sus posibilidades artísticas y personales, una afirmación que, lejos de sonar conformista, resume perfectamente el espíritu de un trabajo construido desde la paciencia y la búsqueda constante.
El disco que sigue representando a quien lo escribió
Resulta curioso escuchar a Yorch hablar de canciones que comenzaron a tomar forma hace cuatro o cinco años y comprobar que todavía las siente cercanas.
En una industria donde los lanzamientos se suceden a velocidad de vértigo, «Curso de armonía persecutoria» ha seguido creciendo mientras su autor también cambiaba. Sin embargo, lejos de quedarse atrapado en una fotografía del pasado, el álbum continúa reflejando quién es hoy, quizá porque durante todo ese tiempo las canciones fueron evolucionando junto a él.
Música, cine y trabajo en equipo
Uno de los aspectos más interesantes de la conversación fue descubrir hasta qué punto sus dos facetas creativas, la musical y la cinematográfica, se alimentan mutuamente.
Para Yorch, tanto una película como un disco son ejercicios profundamente colectivos. La presencia de figuras como Paco Loco en la producción, Jordi Gil en las mezclas o Brian Lucey en la masterización no responde únicamente a una cuestión técnica, sino a una forma de entender la creación como un diálogo permanente, una filosofía que también se refleja en las colaboraciones que aparecen a lo largo de su trayectoria. Ya sea junto a Miguel Rivera, Nat Simons, Laura Solla o tantos otros compañeros de viaje, Yorch parece buscar siempre aquello que otro artista puede aportar y que uno mismo sería incapaz de alcanzar en solitario.
Buscar la belleza dentro del caos
Hay una respuesta especialmente reveladora durante la entrevista: Cuando se le plantea que en sus canciones conviven la belleza, el caos, la ironía y la melancolía, Yorch reconoce sentirse identificado con esa descripción. No solo como compositor, sino también como persona y quizá ahí resida una de las claves para entender su música.
Sus canciones nunca buscan simplificar la realidad. Más bien al contrario. Se mueven en esa zona donde conviven emociones aparentemente contradictorias, donde la ironía puede esconder tristeza y donde la belleza aparece precisamente en medio del desorden.
La libertad como único territorio posible
A lo largo de toda la charla emerge una idea constante: la necesidad de preservar la libertad creativa.
Lejos de sentirse obligado a encajar en una escena determinada o responder a expectativas externas, Yorch reivindica el derecho a explorar, equivocarse y seguir buscando nuevos caminos, una filosofía que encaja perfectamente con un disco que salta entre géneros, referencias y atmósferas sin perder nunca una identidad propia, como si cada canción formara parte de un mismo viaje, pero sin necesidad de seguir una ruta prefijada.
Escribir para entenderse
Cuando le preguntamos si necesita escribir para comprender el mundo que le rodea, la respuesta toma un camino diferente.
Yorch explica que, más que entender el mundo, necesita escribir para entenderse a sí mismo. Para ordenar emociones, suavizar el dolor, combatir la confusión y dar forma a preguntas que de otro modo quedarían suspendidas en el aire, una confesión que ayuda a entender la profundidad emocional de canciones como «Maldita dinamita», «La sevillana a mi padre» o «Fiestas de bailar«.
Un disco hecho a fuego lento
En una época dominada por la urgencia y el consumo instantáneo, «Curso de armonía persecutoria» reivindica el valor del tiempo, tiempo para escribir, para corregir, para grabar, para mezclar y para pensar, no como un gesto nostálgico, sino como la única manera que Yorch encontró de construir este álbum y quizá por eso transmite una sensación tan poco habitual hoy en día: la de una obra que no parece perseguir tendencias ni algoritmos, sino simplemente encontrar su propia verdad.
Nuestro compañero Josechu Egido ha hablado con Yorch sobre «Curso de armonía persecutoria», los procesos creativos, la libertad artística, la escritura como refugio y la búsqueda constante de belleza en medio del caos. Esta es la entrevista completa para «La Conuslta del Dr. Escarabajo».
