Volver a jugar cuando ya no hay nada que demostrar
La carpeta no iba a convertirse en un disco, no tenía siquiera nombre de disco. Se llamaba “¿puede Martí bajar a jugar?”, y allí Martí Perarnau IV iba guardando experimentos sonoros hechos en su estudio sin proyecto, calendario ni expectativa. Un día cantó sobre uno de ellos, después ocurrió otra vez y otra, hasta que descubrió algo que no estaba buscando: había vuelto Mucho.
«Es como si el disco se me hubiera caído del corazón y me lo hubiera encontrado ahí esperando en la alfombra».
No parece una mala imagen para explicar un regreso que nunca llegó a planificarse, porque durante años Martí había pensado que quizá ya no tuviera demasiado sentido añadir más canciones al mundo.
Cuando uno decide que sus canciones no son necesarias
La desaparición temporal de Mucho no fue solamente una cuestión de calendario ya que durante la producción de “Puta”, de Zahara, Martí empezó a cuestionarse su propia voz.
Trabajar junto a ella y participar en algunas de aquellas canciones le hizo sentir que estaba delante de una narrativa verdaderamente necesaria y transformadora. Frente a aquello, empezó a preguntarse qué podía aportar él, un hombre blanco de cuarenta años, escribiendo nuevas canciones.
El tiempo no ha suavizado demasiado su opinión sobre parte de la música masculina que ha ido encontrándose desde entonces, al contrario, Martí habla de letras construidas alrededor del apego tóxico, del abandono, de la posesión y de una falta de responsabilidad afectiva que identifica con una masculinidad que lleva demasiado tiempo ocupando espacio y no quiere participar de eso, pero tampoco fue esa reflexión la que provocó finalmente el regreso, Mucho volvió por una razón bastante menos intelectual, y es que Martí empezó a pasárselo bien.
Pedir permiso para bajar
El título del álbum conserva exactamente el nombre de aquella carpeta y la pregunta contiene prácticamente todo el disco: ¿Quién pide permiso? ¿El adulto al niño?¿El niño al adulto?,…
Martí lo tiene bastante claro, era una manera de decirle al Martí adulto que volviera a hacer música como cuando era pequeño: como un juego, sin pensar en quién escucharía aquello, sin discográfica imaginaria esperando el resultado, sin público, sin mercado,… ni siquiera con la certeza de que esas canciones fueran a publicarse.
«Hice el disco puramente para mí».
Y esa circunstancia le permitió experimentar una libertad que asegura no haber conocido anteriormente.
Tal vez el niño no necesitara realmente permiso para bajar, quizá quien necesitaba permiso era el adulto para dejar de comportarse como tal durante unas horas.
El censor todavía está durmiendo
Buena parte de las letras apareció muy temprano, casi antes que Martí, en escritura automática, en la cama, en un libreta, sin releer, sin juzgar,… escribiendo antes de que se despierte esa parte del cerebro que decide si algo es bueno, malo, ridículo, inteligente o publicable. A esto, Martí lo llama el censor.
Cuando todavía duerme, aparecen textos largos y sin forma de canción. Más tarde llegan la melodía, la edición y las decisiones conscientes.
Parece que primero desordena el niño, lo que después intenta ordenar el adulto, aunque incluso aquí Martí introduce una corrección significativa:
“cuanto menos ordene el adulto, mejor.”
Ese equilibrio entre impulso y edición lleva años presente en su manera de trabajar, pero en este disco ha terminado convirtiéndose casi en una filosofía: cuando componer vuelve a ser un juego, las reglas dejan de estar decididas de antemano.
Hacer muebles con forma de canción
También hubo que salir de Madrid, pero no como gesto artístico si no forma de vida.
Martí vive ahora en un pueblo y utiliza una expresión particularmente reveladora para explicar su presente: se siente artesano. Pasa el tiempo construyendo muebles que, en su caso, tienen forma de canciones y asegura que “¿puede Martí bajar a jugar?” no habría podido existir dentro de la prisa madrileña.
«El 100% de este disco y de la clarividencia con la que veo la música últimamente se debe a vivir en la tranquilidad del pueblo».
Cuando vuelve a Madrid nota físicamente el cambio, en la velocidad, en los coches y los cláxones, en el ruido, en la agresividad,… la prisa pasando de un cuerpo a otro como un contagio, … después de todo esto, necesita regresar al pueblo y esperar a que todo aquello salga de dentro.
Pero no responsabiliza individualmente a quienes viven así, lo interpreta casi como una adaptación al medio, ya que para sobrevivir a determinada velocidad, uno acaba acelerándose también, pero ha descubierto algo bastante sencillo: tanta prisa no le ayuda a ser feliz y probablemente tampoco le ayudaba a escuchar lo que querían sus canciones.
Cuando las canciones empiezan a hablar
El disco estuvo casi terminado y no funcionaba, porque a pesar que las canciones estaban producidas en el ordenador, Martí sentía que algo esencial no había llegado hasta allí. Es cierto que o odría haberlas cerrado, pero en cambio decidió obedecerlas y empezó entonces una de las partes más extrañas del proceso: generando sonidos reproducidos a través de un altavoz roto, con micrófonos moviéndose por la habitación, grabando en cinta de media pulgada, en cassette, con hardware que no funcionaba del todo bien,… en resumen, eran errores convertidos en herramienta… La idea era devolver al mundo físico sonidos que parecían haberse quedado encerrados dentro del ordenador.
Martí piensa en Sparklehorse, en Low, … en esa cualidad táctil de ciertos discos donde el sonido parece tener materia.
Su descripción del resultado resulta bastante más precisa que cualquier lista de géneros: el humo negro de “Lost”, un animal sinuoso avanzando por la jungla, como algo que puede tocarse y que quizá te coma si te acercas demasiado.
Disidencia sónica
La adolescencia también termina entrando en la habitación con Radiohead, Sparklehorse, Primal Scream o Andrew Weatherall, pero Martí rechaza la idea de haberse refugiado en las influencias de juventud y continúa buscando música nueva.
De hecho, señala como influencia fundamental los últimos discos de Low junto a BJ Burton, precisamente porque le hicieron sentir que todavía podían aparecer sonidos que no hubiera escuchado antes, y ese es el objetivo, no recuperar una época, sino utilizar técnicas de otras épocas para encontrar algo que todavía no exista.
Para ello, usa cinta analógica en 2026, pone en práctica procedimientos antiguos reorganizados desde el presente y utiliza el pasado utilizado como herramienta de futuro.
«Sentí que estaba siendo un verdadero disidente sónico en estos tiempos de homogeneización».
Ahí aparece otra diferencia importante respecto al Martí que conocimos en anteriores discos de Mucho, y es que ya casi no necesita decidir qué género está haciendo.
Una canción no sabe si es electrónica
Rock, Electrónica, Pop,… Martí ha llegado a un punto en que las etiquetas le sirven bastante poco mientras trabaja, incluso pueden convertirse en una cárcel.
Después de tantos años escuchando música, siente que techno oscuro, pop luminoso, guitarras, sintetizadores y todo lo que ha ido acumulando forman ya parte del mismo sistema y no necesita escoger.La pregunta ha cambiado y ya no es: ¿qué estilo estoy haciendo? y es: ¿qué necesita esta canción para provocar la emoción que está buscando?
Martí describe precisamente un álbum que salta entre estados más que entre géneros: la saturación de ‘escombros’ o ‘se puede bailar incluso cuando el diablo está llamando a tu puerta’, la calma de ‘memorias del bosque’ o el synth-pop cercano al house de ‘se ha dado la vuelta la habitación’,… más que buscar coherencia estilística, el disco parece buscar coherencia emocional.
El éxito de no necesitar tener éxito
Y entonces llegamos al verdadero centro de esta conversación: Mucho no solamente ha cambiado de sonido, ha cambiado la relación de Martí con Mucho.
Durante años quiso vivir de su proyecto, que fuera su profesión, que pagara el alquiler y que la música personal y la supervivencia fueran la misma cosa, pero ya no, abandonó esa expectativa y cuando desapareció, ocurrió algo paradójico: volvieron las ganas de hacer canciones.
Las primeras piezas del nuevo disco nacieron sin saber si alguien llegaría siquiera a escucharlas, sin obligaciones, no tenían que conseguir nada y ahí apareció una libertad que el proyecto no había tenido antes, por eso Martí afirma algo que, leído deprisa, podría parecer una contradicción: considera este el disco más exitoso de su carrera aunque todavía no hubiera salido cuando respondió a nuestras preguntas.
El éxito fue terminarlo y nada más.
«No espero que suceda nada con este álbum».
Y lleva la idea todavía más lejos:quiere seguir sin vivir de Mucho para poder seguir haciendo Mucho, y probablemente ahí estaba la puerta que el Martí adulto llevaba años sin saber abrir.
Todo lo que ocurrió mientras Mucho dormía
La hibernación tampoco fue silencio., ya que ha estado en otros proyectos como Zahara, _juno, León Benavente, Jero Romero, Maitequiero, ha producido, ha compuesto, mezclado, ha hecho otros discos, usado otros métodos, … en fin, ha tenido otras maneras de escuchar y Marti reconoce que le cuesta aislar aprendizajes concretos porque todo ese trabajo ya forma parte de cómo piensa y siente la música, pero existe una transformación especialmente importante, y empezó a mezclar y aquello modificó definitivamente su manera de producir, ya no entiende las distintas etapas como compartimentos aislados, busca sacar la emoción a la superficie desde el principio hasta el final y se define ahora como «un artesano de discos».
La imagen vuelve, primero, como muebles con forma de canciones, después como artesano de discos. Quizá la distancia respecto a la antigua ambición profesional no haya reducido el oficio, lo ha hecho todavía más importante.
Bailar no para escapar
En el álbum también se baila, pero Martí rechaza la idea de que bailar sea necesariamente escapar.
Desde hace tres años practica meditación trascendental y ha descubierto una conexión entre esa práctica y salir a escuchar techno o electrónica. Ambas le permiten entrar más profundamente en sí mismo, sin desconectar, si no conectar,… El cuerpo como otra forma de escucha.
«Más que una evasión es una conexión profunda que tiene mucho que ver con la meditación».
Entonces el título ‘se puede bailar incluso cuando el diablo está llamando a tu puerta’ adquiere otra lectura: no negar que el diablo está ahí y bailar mientras llama.
Desaprender el estudio
Después de tantos años entrando en estudios, Martí ha tenido que aprender algo particularmente difícil: desaprender y no quiere presets, no quiere recetas, ni siquiera quiere asumir que sabe cómo debe colocarse un micrófono simplemente porque lo haya hecho cientos de veces, su reflexión parte de una paradoja.
Admiramos determinadas obras porque quienes las hicieron rompieron las reglas, después convertimos aquellas rupturas en nuevas reglas, y el experimento acaba convertido en dogma, y el dogma, para Martí, mata precisamente aquello que convirtió aquellas grabaciones en interesantes, por eso intenta empezar cada disco desde cero con un ordenador, un cassette, un iPhone,… lo que sea,… Cada proyecto puede inventar sus propias limitaciones, pero ninguna debería heredarlas automáticamente del anterior.
«Cada nuevo disco requiere unas reglas completamente distintas».
Volvemos otra vez al juego, y un juego puede tener reglas, lo importante es recordar que alguien las inventó y que por tanto pueden inventarse otras.
No mirar al Martí de antes
Histéricas Grabaciones lleva hablando con Martí prácticamente durante toda la trayectoria de Mucho, así que parecía inevitable preguntarle qué ocurriría si leyera ahora aquellas entrevistas, y nos dice que no quiere hacerlo, ya que orobablemente encontraría opiniones que hoy le resultarían absurdas, y quizá sentiría vergüenza… Sabe que ha cambiado, pero no necesita utilizar al Martí antiguo para medir cuánto, prefiere dedicar el tiempo al presente.
Esto resulta curioso, ya que el disco entero dialoga con el niño, pero no parece especialmente interesado en visitar al adulto que fue hace diez años. Tal vez porque son dos movimientos diferentes ya que volver al niño no significa regresar al pasado, significa recuperar una manera de relacionarse con las cosas, a través de la curiosidad, el juego, el misterio y la ausencia de expectativas.
¿Puede Martí bajar a jugar?
De pequeño, algunas de sus canciones favoritas eran ‘I Am the Walrus’ y ‘Strawberry Fields Forever’, canciones que le parecían extrañas, divertidas y misteriosas.
Cuando le preguntamos si aquel niño disfrutaría escuchando el nuevo álbum sin saber quién lo había hecho, Martí cree que sí, que encontraría cosas divertidas y cosas misteriosas, y quizá eso cierre el círculo mejor que cualquier explicación. Durante años el Martí adulto quiso que Mucho creciera, que encontrara su sitio, que se convirtiera en profesión y que funcionara, pero con el tiempo dejó de esperar todo aquello, y justo entonces apareció una carpeta, un experimento, una canción y después otra, hasta que comprendió que el niño llevaba un rato abajo esperando, no había preguntado si podía volver a ser músico, había preguntado algo bastante más sencillo: Si podía bajar a jugar, y quizá el verdadero cambio no sea que Martí haya encontrado la manera de responderle que sí, quizá sea que, por primera vez, ya no le pregunta qué piensa hacer con su vida cuando termine de jugar.
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LA ENTREVISTA
Hola, Martí ¡Qué alegría volver a hablar contigo en Histéricas Grabaciones! Hemos estado prácticamente en cada disco de Mucho, así que esta vez no tiene mucho sentido preguntarte quién eres ni cómo has llegado hasta aquí. Me interesa más otra cosa: durante un tiempo llegaste a pensar que un hombre de cuarenta años no tenía nada nuevo que aportar a la música española, y sin embargo ahora publicas probablemente uno de tus discos más libres. ¿Qué tuvo que cambiar dentro de ti para que volviera a aparecer Mucho?
Hola. Lo primero de todo, me hace muy feliz volver a hablar con vosotros, ya son muchos
años, así que ¡gracias por seguir ahí!
Hacer la producción de “Puta” de Zahara junto a ella y componer algunas de aquellas canciones con ella me marcó profundamente y dejó una huella imborrable en mi corazón.
Durante ese periodo me hizo pensar en lo poco relevante que era la narrativa de un hombre
blanco como yo a la hora de hacer canciones. Sentía que lo realmente importante era lo que
estaba contando Zahara y que sus canciones, su historia y su narrativa era la que era
verdaderamente importante y transformadora. Sentía que no había ninguna necesidad de sacar canciones mientras que las de Zahara eran verdaderamente necesarias.
Ya han pasado muchos años desde entonces y durante este periodo he estado tocando en
muchos festivales y viendo como las canciones de los hombres blancos copan el nuevo
mainstream español al que se refieren como “indie”.
He ido comprobando como las letras de la mayoría de artistas masculinos de este país
realmente siguen siendo las mismas que hacían los Hombres G o El Canto del Loco, letras de hombres que tienen apego tóxico, que se sienten abandonados y que no tienen ningún tipo de responsabilidad afectiva, letras de desamor muy posesivas y que revelan una
masculinidad verdaderamente despreciable. Realmente son letras que me resultan muy
poco nutritivas y que no tengo ganas de escuchar. No me gustaban los Hombres G ni El
Canto y me gustan menos sus reencarnaciones actuales. Esa sensación de desafección
con la música patria que encabeza los carteles de los festivales sí que me hizo pensar que
hay otro camino posible a la hora de hacer canciones.
Creo firmemente que sería nutritivo para la música que los hombres blancos abandonaran la retórica patriarcal, ya son demasiados años escuchando sus quejidos y resulta ciertamente ridículo.
Dicho esto, el motivo por el que empecé de nuevo a hacer canciones no fue este, lo que
ocurrió es que comencé a hacer unos experimentos sónicos en mi estudio para probar cosas locas y los metí en una carpeta que se llamaba “¿puede Martí bajar a jugar?”.
Un día me puse a cantar sobre una de esas ideas y me di cuenta de que tenía una canción. Eso sucedió algunas veces más, sin pensarlo, sencillamente siguiendo esa intuición y esa magia que solo sucede en el estudio cuando estas solo y te dejas llevar y me di cuenta de quequizás estaba haciendo un disco. Así que ocurrió de una manera totalmente inesperada
para mí. Es como si el disco se me hubiera caído del corazón y me lo hubiera encontrado
ahí esperando en la alfombra. 🙂
Has contado que el disco empezó como juego y terminó siendo el más difícil de tu vida.¿Qué ocurrió en medio para que algo que nació desde la diversión terminara tocando zonas tan profundas?
Realmente fue divertido todo el rato, pero sí que es cierto que acabe adentrándome por lo
más profundo de una madriguera muy loca del sonido (sonrisa). Tenía el disco prácticamente producido en mi ordenador, pero un día hice una escucha y me di cuenta de que las canciones no transmitían la sensación que realmente tenían que transmitir. Es como si las propias canciones me hubieran dicho “hey, no tenemos que sonar así, tenemos más margen para crecer, queremos crecer más altas y más lejos”.
En esa época estaba escuchando el último disco de Bon Iver que no es un disco que me haya emocionado demasiado, pero en una canción había una guitarra acústica que sonaba como si la hubieran pasado por una habitación real y eso me hizo pensar que quizás el camino de mis canciones era precisamente descubrir que pasaría si procesaba todos los sonidos del álbum a través del mundo físico. Esa idea me llevó a procesar los sonidos del álbum a través de un altavoz roto que provocaba una distorsión muy loca, a través de mi habitación y grabándola moviendo los micros en el aire y a través de cinta analógica de media pulgada y de cassette. Eso hizo que las canciones tuvieran una sensación más palpable y que se
comenzaran a sentir como un ser vivo. Este proceso me llevo muchísimo tiempo.
Después llegó el momento de mezclar el álbum y ahí también tuve que pasar una travesía
considerable hasta encontrar el sonido de las canciones. No sirvió mezclar el disco como si
fuera un álbum normal, tuve también que hacer una mezcla medio analógica a través de un par de cacharros hardware que no funcionaban demasiado bien para dar con la emoción adecuada.
Haciendo el álbum me di cuenta de que pensaba mucho en Sparklehorse y en Low en ese sonido tan DIY y palpable que tenían sus discos. Mi manera de conseguirlo ha sido abrazar equipo y máquinas analógicas en dudoso estado de funcionamiento que permitieron conseguir un sonido que es imposible de replicar con un ordenador y con software. Abrazar los fallos de mi equipo y convertirlos en los cimientos sónicos del álbum permitieron conseguir lo que me pedían las canciones.
Yo siento que el disco suena como si fuera el humo negro de “Lost”, un animal extravagante que se mueve sinuoso por la jungla, que puedes tocar con los dedos y si te despistas quizás te come.
El título “¿puede Martí bajar a jugar?” parece una pregunta dirigida a un niño, pero en realidad la formula un adulto. ¿Quién le está pidiendo permiso a quién: el Martí adulto al niño o el niño al adulto?
Fue el nombre que le puse a la carpeta del ordenador donde almacenaba los primeros
experimentos del disco y me pareció que era el mejor título posible. Es la manera que tuve
de decirle al Martí adulto que volviera a hacer música como cuando era pequeño, como si
fuera un juego y sin pensar en ningún momento que alguien la iba escuchar.
Hice el disco puramente para mí, nunca que pensé siquiera que fuera a ser editado. Eso me dio una libertad hasta ahora desconocida para mí.
Dices que muchas canciones nacieron desde la escritura automática, muy temprano, casi desde un cerebro todavía sin domesticar por el día. ¿Qué aparecía en esas primeras horas que no te permitías escribir cuando estabas completamente despierto?
Realmente ni yo mismo soy consciente de qué cosas aparecen ahí porque el ejercicio consiste en escribir y no releer. Tan solo volví a abrir algunos que se convirtieron en letras del álbum, pero tengo ahí una carpeta de textos sin leer que quizás no lea nunca.
Me gusta hacer ese ejercicio porque cuando tu cerebro esta en esa duermevela y todavía no se ha activado lo que sucede es que no ha dado tiempo al censor que todas llevamos dentro a que se despierte. Se entrena eso de escribir sin juicio, es importante no releer.
Suelen ser textos muy largos, no son letras de canciones. Lo que sucede es que sobre esos textos en bruto luego me pongo a cantar sobre las músicas que voy creando y ahí ya entra la parte de edición y búsqueda y de esos textos es cuando se convierten en letras para una canción.
Suele ser complicado escribir una letra ad-hoc para una música, desde esa parte racional del cerebro a mí me cuesta mucho encontrar magia. En cambio si uno se pone a hacer una canción teniendo un texto en bruto que has escrito previamente con esa energía de libertad y sin censura es cuando suelo encontrar caminos excitantes, canciones que me emocionan y que siento que vienen de un sitio de honestidad brutal.
Después llegaba el adulto a ordenar todo lo que el niño había dejado por medio. ¿Ese
equilibrio entre impulso y edición ha sido siempre tu manera de componer o este disco te obligó a confiar más que nunca en lo irracional?
(risas) Justo lo que decía en la pregunta anterior. Ese equilibrio entre impulso y la
posterior edición es algo que llevo haciendo muchos años, pero que efectivamente he ido
puliendo y abrazando más con cada nuevo álbum. Es algo que realmente empecé a hacer
con el segundo álbum de Mucho, pero que ha ido creciendo de diversas maneras con los
años. Haber hecho canciones en _juno con zahara también me ha ido descubriendo su
proceso que era muy similar al mío, pero con distintos matices así que he ido cogiendo
inspiración de ella y de otros compositores que admiro durante este tiempo. Ahora siento
que puedo hacer canciones desde sitios super diferentes y también soy capaz de hacerlas
incluso sin ese equilibrio de impulso y edición y hacer algunas solamente de impulso.
Cuando hacer canciones se convierte en un juego todo vale y es cuando suceden cosas
inesperadas. Creo que cuánto más desordene el niño y menos ordene el adulto mejor 🙂
Has hablado de cómo salir de Madrid te produce agradecimiento, pero también miedo al ver cómo la ciudad nos empuja hacia el asfalto y va borrando cierta amabilidad. ¿Cuánto de este disco nace realmente de cambiar de lugar y cuánto de cambiar de mirada?
Haberme ido a vivir a un pueblo ha cambiado muchísimas cosas en mi vida. Aquí en el
pueblo tengo una vida muy tranquila y siento que soy un artesano dedicando todo mi tiempo
a mis muebles que en este caso tienen forma de canciones. No podría haber hecho este
disco desde la prisa y la energía sobrexcitada que me metía Madrid en el pecho. El 100%
de este disco y de la clarividencia con la que veo la música últimamente se debe a vivir en
la tranquilidad del pueblo.
Me interesa mucho esa idea de que la ciudad puede modificar nuestra manera de vivir y hasta de tratarnos. ¿Sientes que parte del malestar del disco no es solo personal, sino una respuesta a una forma de vida que hemos normalizado demasiado?
Estos días he tenido que pasar tres días seguidos en Madrid por la promo del disco y he sido capaz de analizar lo que me sucede cuando estoy en la ciudad. Cuando estoy allí la
prisa se me mete dentro, me enfado con los conductores que son violentos y no se paran
en los pasos de cebra para dejar pasar a los peatones, me enfado con la gente que usa el
claxon indiscriminadamente, con los ruidos infinitos del tráfico. Siento que la prisa es algo
que nos vamos contagiando entre nosotras.
No creo que tengamos culpa de nada, es
sencillamente inevitable que eso suceda cuando habitamos la ciudad más de 48 horas. Es la única manera de sobrevivir en la ciudad. Cuando salgo de allí y vuelvo al pueblo me doy
cuenta de que ese frenetismo se me ha metido dentro y tengo que dejarlo ir. Realmente he
comprobado que tanta prisa no me ayuda a ser feliz.
El proceso sonoro también fue extremo: el álbum estaba mezclado y prácticamente listo para fábrica, pero decidisteis parar y volver a abrirlo porque las canciones “todavía no estaban hechas”. ¿Cómo sabes que una canción te está pidiendo algo más y cuándo sabes que insistir un poco más ya sería estropearla?
Sinceramente es algo que no tengo claro del todo. Cuando estoy en el estudio haciendo
música, vivo en un estado de pura intuición, es como si no existiera la parte racional de mi
cerebro. En esos momentos es como si las canciones me hablaran directamente, no tengo
la sensación de que las canciones sean mías, es como si tuvieran vida propia y me dijeran
cosas.
Obviamente no es así de literal, se comunican de manera sutil conmigo, pero siento que si tengo el corazón abierto siento que esas semillas me explican perfectamente cómo quieren crecer.
En ese proceso reaparece también tu adolescencia: Low, Primal Scream, Andrew
Weatherall, Warp, Radiohead… ¿A cierta edad dejamos de perseguir influencias nuevas y empezamos a comprender mejor por qué aquellas primeras músicas nos marcaron tanto?
Yo siento que no he dejado de perseguir influencias nuevas. En mi caso por ejemplo la
influencia más notable de este álbum son los tres últimos discos que hicieron Low en su
carrera con BJ Burton. Son discos bastante recientes y que a mí me emocionaron
muchísimo porque realmente consiguieron un sonido que era realmente nuevo y que no se
había escuchado nunca en la historia de la música.
Para mí la verdadera influencia es dar
con sonidos y emociones que no haya escuchado todavía, creo que hay mucho camino por descubrir en la música grabada y que si mantienes el corazón abierto las nuevas influencias siempre llegan.
Eso se suma a que esas nuevas influencias a veces tienen conexiones con las influencias
que te marcaron de joven y ahí es donde entran los Radiohead del Kid A o Sparklehorse y su DIY.
Para mí abrazar las técnicas de grabación en cinta analógica por ejemplo de otras épocas y repensarlas y reconfigurarlas en 2026 es un camino que puede llevar a sonidos nuevos y a emociones sónicas inexploradas hasta ahora.
Haciendo este disco sentí que estaba siendo un verdadero disidente sónico en estos tiempos de homogeneización y eso me hizo sentir aventurero y fue emocionante para mí.
Creo que es peligroso para el proceso creativo quedarse anclado en las influencias del
pasado, creo que es importante repensarlas, aprender de ellas y reconfigurarlas con una
visión de futuro y de seguir descubriendo.
Para mí no son los discos de mi infancia los que más me emocionan actualmente, son los discos que he descubierto en los últimos años y los que están por venir.
Hay una frase especialmente reveladora: «ya no pienso si es electrónica o si es rock; simplemente es música, es un estado, una sensación concreta». ¿Has llegado a un punto en el que las etiquetas ya no te ayudan a crear y solo sirven para explicar después lo que has hecho?
Estoy totalmente en ese momento. Si pongo etiquetas a lo que hago se convierte en una cárcel. Para mí no existe diferencia entre música electrónica, rock o pop. Cuando estoy en el estudio sencillamente busco una emoción concreta que no dicto yo, la dicta la canción así que es más bien un ejercicio de abrir el corazón y escuchar qué es lo que desea ser la canción en la que estas trabajando.
Creo que ser un auténtico freak de la música y de escuchar discos durante tantos años ha permitido que todas esas influencias tan variopintas desde el techno más oscuro al pop más luminoso haya permeado por completo en mi sistema limbico y ponerle nombre a las cosas a mí ya no me sirve para nada.
Desde fuera, Mucho siempre ha tenido una relación muy fuerte con la transformación: guitarras, psicodelia, electrónica, sintetizadores, canciones cada vez más libres, pero ahora da la impresión de que el cambio no está tanto en el sonido como en tu relación con la música. ¿Te sientes menos preocupado por demostrar algo que hace diez años?
Ha cambiado por completo mi relación con el proyecto. En el pasado mi sueño era vivir de Mucho, que mi proyecto fuera también mi trabajo y lo que me permitiera pagar el alquiler. Ya hace un tiempo abandoné toda esperanza de que Mucho fuera un proyecto que pudiera ser mi trabajo y deje ir por completo cualquier expectativa con el proyecto. Cuando comencé a hacer estas canciones no sabía ni siquiera si alguien las llegaría a escuchar nunca.
Abandonar por completo las expectativas con mi proyecto ha hecho que pueda volver a hacer canciones porque las hecho solamente para mí y eso ha permitido que por primera vez en mi vida me sienta verdaderamente libre con mi proyecto.
De hecho siento que es el disco más exitoso de mi carrera sin haberlo sacado todavía porque el hecho de haberlo terminado se ha sentido un éxito total.
No espero que suceda nada con este álbum. No esperar nada de este proyecto y no querer que sea mi forma de vida es lo que permite que tenga ganas de hacer canciones nuevas así que seguiré empeñado en no vivir de Mucho para poder hacerlas.
Durante la hibernación de Mucho apareció _juno, entre otros proyectos. ¿Qué te enseñó trabajar fuera de Mucho que necesitabas aprender antes de poder regresar a él?
Hacer discos con Zahara tanto con _juno como para ella en solitario me ha enseñado muchísimo sobre el proceso de hacer canciones así como sobre producción. Ella tiene una visión única de la música y haber podido ver su proceso de cerca me ha cambiado.
Fue un aprendizaje muy profundo producir el álbum de León Benavente también. Tienen una manera muy especial de hacer canciones y seguro que se me han metido cosas suyas en lo más profundo de mi organismo.
Se me hace difícil contarte aprendizajes concretos, pero siento que todos los proyectos musicales en los que he trabajado estos años me han regalado una perspectiva mucho más enriquecedora sobre el noble arte de hacer discos y siento genuinamente que me he convertido en una persona distinta a la hora de hacer música.
Lo que sí me ha cambiado para siempre es que desde hace unos años no solo produzco discos sino que también di el salto de mezclarlos y ahí cambió algo en mí para siempre.
Afrontar la producción poniendo el foco en sacar las emociones siempre a la superficie y producir mezclando ha hecho que realmente sienta que ahora el proceso de hacer discos es un juego para mí de principio a fin.
Durante estos años he producido y también he mezclado a León Benavente, Zahara, Jero Romero, Maitequiero y mi disco de Mucho. Próximamente saldrá el nuevo disco de Standstill que he tenido el honor de mezclar y cuyo proceso ha sido un flipe porque siento que he conseguido sacar a flote una emoción muy poderosa que tenían las canciones que me mandaron y que con el mix se han convertido en verdaderas bellezas de la naturaleza y un álbum de Terror Milk que también estoy mezclando ahora mismo y que está siendo precioso de hacer.
Siento que gracias a la mezcla me estoy convirtiendo en un artesano de discos con una emoción única y quiero seguir ahondando en ese camino y aplicando lo que sé en mis proyectos y en proyectos de otros artistas.
El disco mezcla hastío, ruido, calma, baile y refugio. Incluso una canción (el primer single) se llama ‘se puede bailar incluso cuando el diablo está llamando a tu puerta’. ¿Bailar sigue siendo para ti una forma de evasión o se ha convertido en una manera de resistir sin negar que las cosas están mal?
Para mí bailar más que una forma de evasión es una forma de conectar conmigo mismo.
Desde hace tres años practico Meditación Transcendental y siento que me ha traído muchos cambios positivos en mi vida.
Ir a bailar techno o música electrónica es una forma de ahondar en mi sentir, de liberarme y de conectar con la música de una manera muy profunda, más que una evasión es una conexión profunda que tiene mucho que ver con la meditación.
Después de tantos años haciendo discos, ¿qué parte de tu oficio has tenido que desaprender para poder volver a jugar de verdad?
He tenido que desaprender todas las reglas que se dan por sentadas en los estudios de grabación. Es una cosa curiosa que sucede.
Todos amamos los discos de los Beatles porque en el Abbey Road con la ayuda de George Martin y los ingenieros Geoff Emmerick o Glyn Johns rompieron todas reglas preestablecidas y descubrieron la música moderna mediante la invención de nuevas técnicas hasta entonces imposibles.
Con los años las técnicas a priori rupturistas de los Beatles se convirtieron en reglas inquebrantables en los estudios de grabación. Es decir los primeros inventaron algo rompiendo con todas las reglas y los que vinieron después convirtieron esos experimentos en dogma.
He ido a muchos estudios de grabación en mi vida y he participado en muchos discos donde no hay posibilidad de exploración ni de experimentación y en muchas ocasiones se hacen discos siguiendo una receta preestablecida.
Parece que solamente existe una manera de hacer las cosas, así que en mi caso, he tenido que desaprender absolutamente todo.
A la hora de producir o de mezclar discos tengo que dudar de todo y he tenido que desarrollar una nueva manera de hacer música que consiste en descubrirlo todo de cero.
No quiero presets, ni concepciones preestablecidas, quiero que cada día en el estudio sea un experimento nuevo. Hasta las cosas más básicas como utilizar un micrófono las quiero poner en duda. El mundo de la producción musical y la mezcla es demasiado amplio e inmenso y queda demasiado por descubrir, constreñir el proceso a unas reglas preestablecidas como dogma es una cárcel creativa. Otra vez todo se recude a abrazar el juego por completo. Puedes auto imponerte unas reglas para cada disco que hagas, porque al inventar un juego nuevo este puede tener unas reglas nuevas , pero cada nuevo disco requiere unas reglas completamente distintas. Si en uno usas un ordenador en otro puedes usar un grabador de cassette o un iPhone, las posibilidades son infinitas así que hablar que explorarlas todasdependiendo de lo que quiera cada canción.
Nosotros te hemos ido entrevistando a lo largo de prácticamente toda la trayectoria de Mucho. Si lees hoy cosas que decías en aquellos primeros discos, ¿reconoces todavía ese Martí o a veces tienes la sensación de estar leyendo a otra persona?
Nunca vuelvo a releer las entrevistas que hago al igual que prácticamente nunca escucho la música que he hecho anteriormente. Seguro que sería gracioso leer lo que decía hace años y que algunas cosas me resultaría completamente absurdas y me moriría de incomodidad.
Yo siento que he cambiado muchísimo, pero no quiero leer al Martí del pasado para descubrirlo. El poco tiempo que tengo en este planeta lo quiero destinar a vivir en el presente 😊
Para terminar: si el Martí niño pudiera escuchar este disco sin saber que lo ha hecho su yo adulto, ¿crees que le parecería divertido?
(risas) (muchas risas) Espero que sí. Mis canciones preferidas de pequeño eran “I Am the Walrus” y “Strawberry Field Forever” que son muy locas de producción y super divertidas y misteriosas. Así que creo que si escuchara este disco el pequeño Martí seguro que encontraría cosas divertidas y misteriosas en él.
Muchísimas gracias, Martí, por volver una vez más a Histéricas Grabaciones y por dejarnos acompañar otro capítulo de Mucho.
¡Gracias, Josechu! ¡¡¡Un gustazo charlar contigo!!!

