Hay discos que suenan bien. Y luego están los que te miran raro desde la estantería, como diciendo: “igual no estás preparado para esto”. Lo de José Bonaparte va por ahí
Porque sí, podrías decir que “Aires, Romanzas y Canciones” es su primer disco en solitario. Pero eso sería como decir que Granada tiene “algo de historia”. Quedarte en la superficie para no tener que explicar el lío bonito que hay debajo.
Bonaparte —al que algunos ya tenían fichado por sus historias con Napoleón Solo o por cruzarse con gente como Soleá Morente— se ha marcado un debut que no va de presentarse, sino de desplegar todo lo que lleva dentro. Y cuidado, que no es poco.
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GRANADA SIN POSTAL (Y CON LAS MANOS METIDAS EN LA MASA)
Aquí no hay turismo musical. Nada de “olé qué bonita es mi tierra” con palmas de fondo y mirada al atardecer. Esto es otra cosa.
Cada canción parte de algo muy concreto —un romance del siglo XV, un cante popular, un poema— y en lugar de dejarlo en vitrina, lo desmonta y lo vuelve a montar a su manera. Como si cogiera la tradición, la agitara bien fuerte y la volviera a soltar con otra cara.
Y pasa que funciona.
“Tangos de Abenámar” te mete en Al-Ándalus sin disfrazarse de museo, con guitarras que envuelven y una electrónica que no estorba (milagro). “La Mosca”, que en otras manos sería puro costumbrismo, aquí tiene ese punto entre lo festivo y lo íntimo que te descoloca para bien. Y cuando se pone más poético —ojo a “Queremos Hablar”, con el eco de José Heredia Maya flotando por ahí— no suena a recital, suena a algo vivo.
El tipo toca de todo (y no va de exhibición)
Bonaparte produce, toca, arregla y decide. Piano, guitarras, bajo, voces… lo típico que en otros casos huele a ego inflado aquí tiene más de obsesión bien encauzada. Se nota que hay formación clásica detrás, sí, pero también que no le interesa hacer un disco “correcto”.
Prefiere tensar la cuerda antes que sonar plano. Y eso, en un debut, es medio camino ganado.
Hay momentos más introspectivos —“Amarillo”, “Luz Azul”— donde baja las revoluciones sin caer en la siesta. Y otros donde tira de raíz con más descaro, como en “Marín y Castillo”, conectando con esa tradición que luego gente como Enrique Morente llevó a otro sitio. Pero aquí no hay imitación. Hay conversación.
Un disco que también se mira al espejo.
Y luego está la parte visual. Porque claro, si te llamas José Bonaparte, lo mínimo es jugar con eso.
El tipo aparece con rollo napoleónico, toques de torero y detalles que parecen sacados de un sueño raro después de cenar fuerte. ¿Excesivo? Sí. ¿Necesario? También. Porque encaja con el disco: esto no es solo música, es universo.
No busca parecer moderno. Busca ser reconocible. Y eso, otra vez, es más difícil de lo que parece.
Ni tradición pura ni modernidad de catálogo “Aires, Romanzas y Canciones” no es un disco fácil de colocar en una estantería. Y mejor así.
No es flamenco, pero lo mira de cerca. No es pop, pero tiene canciones. No es clásico, pero hay academia. No es electrónico, pero hay capas. Es un poco de todo eso sin convertirse en un Frankenstein.
Es, básicamente, lo que pasa cuando alguien decide no elegir. Y en un panorama lleno de fórmulas, playlists clónicas y discos que suenan a otros discos, eso tiene algo de acto kamikaze. De salto sin red. De artista que prefiere arriesgar antes que repetirse.
Nuestro compañero Josechu Egido ha charlado con José Bonaparte sobre las canciones de “Aires, Romanzas y Canciones”, su universo creativo y todo lo que hay detrás de este debut en solitario. Esta es la entrevista completa para «La Consulta del Dr. Escarabajo».

