María Ricote: «Recuperé el camino de la música en el momento en el que me di permiso para hacerlo»

Hay momentos en los que abandonar algo no significa dejar de necesitarlo. Uno puede apartar una vocación, guardar canciones, cambiar prioridades, construir una vida alrededor de otras responsabilidades, incluso convencerse durante un tiempo de que aquello ya no ocupa el mismo lugar, pero algunas partes de nosotros poseen una perseverancia extraña: Esperan, se expresan de otra manera y regresan cuando encuentran una grieta.

María Ricote lleva buena parte de su vida descubriendo precisamente eso, que puede dejar la música a un lado pero la música no necesariamente la deja a ella.

«Mi talento siempre ha terminado por encontrar la manera de recordarme que está ahí y que no piensa rendirse».

Quizá por eso su historia no sea exactamente la de una cantautora que regresa después de varios años de silencio, es la historia de una mujer que ha aprendido, poco a poco, a no negarse una parte de sí misma.

María se presenta en ese orden: Mujer, Madre y aprendiz de artista… Y no son tres personajes, son una sola identidad.

La elección del orden tampoco es casual. Las canciones hablan de la persona que las escribe, de sus vivencias, de sus prioridades, de su manera de interpretar aquello que sucede a su alrededor y por eso separar completamente la dimensión artística de la personal carecería de sentido.

«Mi identidad personal y artística son una, porque ambas se refieren a la misma persona».

Y después aparece una expresión especialmente significativa: «aprendiz de artista«. María no la utiliza como falsa modestia, la utiliza como posición porque seguir siendo aprendiz significa aceptar que todavía quedan preguntas, exploraciones, errores, retos…

Desde aquellas primeras grabaciones de 2014 hasta ahora, el recorrido ha sido enorme, pero ella no quiere perder la sensación de estar todavía construyendo su relación con su talento y con su música, quizá porque el día en que uno cree haber terminado de aprender empieza también a dejar de escuchar.

María compuso sus primeras canciones siendo adolescente y lo hizo a capela, y todavía hoy muchas empiezan exactamente igual, no se sienta necesariamente a «crear una canción»: la letra aparece, una frase, una emoción, algo que necesita salir,… después llega la guitarra o el teclado, la estructura, la armonía,…. pero el origen continúa estando en otro sitio.

«Mis entrañas, cuando quieren, me regalan una canción porque necesitan compartirme algo».

Con los años ha comprendido mejor para qué servían aquellas canciones: Para cuidarse, para sanarse, para reivindicarse,… la adolescente quizá no poseía todavía ese vocabulario, la adulta sí, pero la función era la misma, escribir para intentar colocar algo que dentro todavía no estaba ordenado.

Durante su etapa universitaria, María apartó la vocación musical para cumplir expectativas externas. El dossier resume ese momento de manera clara: abandonó temporalmente ese camino hasta que, en 2014, comenzó a recuperar composiciones y a escribir otras nuevas mientras aprendía guitarra de forma autodidacta.

Mirado desde fuera, podría interpretarse como una decisión racional, pero es que hay momentos en la vida en los que existen caminos más previsibles, más seguros, más aceptados,…

Pero el aprendizaje que María extrae ahora es otro: No puede negarse indefinidamente aquello que también forma parte de su identidad, la música siguió apareciendo, primero en el juego, después en las primeras composiciones, más tarde en conciertos y finalmente en proyectos construidos con una conciencia mucho mayor, no porque desaparecieran las dudas sino porque algo cambió en la manera de relacionarse con ellas.

Existe una frase que atraviesa toda la entrevista:

«Recuperé el camino de la música en el momento en el que me di permiso para hacerlo».

No cuando tuvo garantías, ni cuando dejó de sentir miedo, o cuando desaparecieron los obstáculos,.. fue cuando se dio permiso y la diferencia es enorme. Esperar a sentirse completamente preparado puede convertirse en una manera sofisticada de no empezar nunca.

María decidió compartir esa parte de sí misma como una posibilidad legítima entre las muchas que componen su vida, con miedo, siempre con dudas, con exigencias,… pero también con la voluntad de validarse mientras avanzaba y ese verbo —«validarse»— resulta importante porque a veces la principal barrera no se encuentra en que los demás nieguen nuestro derecho a ocupar un lugar, está en que nosotros mismos nunca terminamos de concedérnoslo.

Después de Imperfecta Maravilla en 2014 y Duelo en 2015, llegó una pausa de casi siete años. Más tarde aparecería Nuevo Inicio, ya en 2023, con ocho canciones en acústico y el acompañamiento de Víctor Pérez.

Durante aquel silencio ocurrió algo decisivo: La maternidad.

María habla de ella como una auténtica revolución. Cambió la agenda, la energía, las prioridades y, naturalmente, cambió también a la mujer que después regresaría a las canciones.

Tras los primeros años de crianza apareció una necesidad casi física: volver.

«Una de las primeras cosas que empezó a pedirme el cuerpo fue precisamente recuperar mi música».

La expresión resulta reveladora, no dice que tomó una decisión estratégica… el cuerpo se lo pidió,… otra vez, aquella parte de sí misma que parecía haberse quedado esperando volvió a llamar.

El regreso encontró además un compañero importante: Víctor Pérez, guitarrista y amigo, y una de las personas que ayudó a María a reconstruir su relación con las canciones.

La frase que repetía era sencilla:

«Hagamos esto para disfrutarlo»,

después de años conviviendo con expectativas y exigencias, aquella idea resultó liberadora:

«Empecé a reencontrarme con mi música ya no desde la expectativa o desde la exigencia, sino desde el placer»,

no significa que la exigencia haya desaparecido, María reconoce que continúa estando ahí, pero ahora existe otra posibilidad.

La música no tiene por qué demostrar continuamente que merece ocupar espacio, puede existir porque hacerla produce placer y quizá esa sea una de las conquistas más difíciles para alguien que durante años ha sentido que debía justificar su lugar.

El nuevo proyecto lleva un título contundente: El Último Eslabón.

María lo asocia a una frase de la psicóloga Elizabeth Clapés:

«Cuando decides sanar, salvas a muchas personas y entre ellas a ti misma».

La imagen de la cadena resulta especialmente poderosa. Hay patrones que heredamos, formas de relacionarnos, dolores, silencios, expectativas, maneras de entender quién deberíamos ser,.. Romper un eslabón significa aceptar que algo no puede seguir pasando exactamente de la misma manera, y eso duele.

«Ser el último eslabón duele, pero a la vez te salva a ti y a muchas personas».

El título deja entonces de ser únicamente una metáfora terapéutica, también puede leerse dentro de la trayectoria artística de María. Dejar de repetir, de negarse, de asumir que determinadas expectativas deben determinar siempre cuál de sus identidades merece prioridad.

Después de romper una cadena ocurre algo inevitable: Hay que reconstruir. Por eso Recompuesta resulta una puerta tan adecuada para entrar en El Último Eslabón. La canción nace de un poema homónimo de Sandra Escudero, amiga de María, incluido en su poemario. Entre todos los textos, aquel fue el que más conectó con el momento vital de la cantautora.

La lógica es casi perfecta: si decides convertirte en el último eslabón de una cadena, después necesitas recomponerte para poder ser el primero de otra.

«Cuando toca romper la cadena, también toca recomponerse para poder empezar a ser el primer eslabón de una nueva cadena».

No basta con romper, hace falta construir algo después.

Las canciones de María poseen una raíz profundamente autobiográfica, pero escribir no termina en el momento en que ella consigue comprenderse, existe una segunda fase.Compartir.

«El arte también lo es en la medida en que se comparte».

La afirmación revela otra parte importante de su manera de entender la creación. Una emoción puede empezar siendo privada, al convertirla en canción, adquiere una forma, al compartirla, entra en contacto con otra persona y entonces puede producir algo nuevo.

María se entiende mejor, pero también ofrece al oyente una posibilidad: reconocerse. El arte deja así de ser únicamente un mecanismo de introspección y se convierte en relación.

Ese impulso por compartir adquiere otra dimensión en “Escribo Violeta”, el proyecto que María desarrolla junto a Sandra Escudero.

La iniciativa nació dentro de “Mujeres Violetas”, una propuesta impulsada en Grajera y vinculada a la prevención de la violencia de género y la promoción de la igualdad. El formato combina cinco poemas y cinco canciones organizados en torno a legado, violencia de género, maternidad, diversidad familiar y empoderamiento, y termina abriendo una conversación con el público.

La música y la poesía no aparecen únicamente como entretenimiento, se convierten en una excusa para pensar, para cuestionar, para nombrar experiencias, para generar referentes .

Se plantea como objetivos fomentar el pensamiento crítico, visibilizar estereotipos, favorecer el empoderamiento y crear espacios en los que las mujeres puedan reconocerse y reivindicarse.

María mantiene una posición interesante respecto al poder transformador del arte, no idealiza.

El cine, la literatura, la pintura o la música pueden abrir preguntas, pueden cuestionar una realidad, pero el cambio no aparece automáticamente porque una canción exista.

«Han propiciado la oportunidad de cuestionarnos la realidad. Que el cambio real acontezca ya depende de otros factores».

La cultura abre una puerta, después alguien tiene que atravesarla, pensar, decidir, actuar… Hay también una responsabilidad individual y quizá por eso “Escribo Violeta” termina precisamente con una conversación.

Las obras no pretenden ofrecer una conclusión cerrada, invitan a continuar fuera del escenario.

Las canciones de María nacen solas, a capela, con guitarra o con teclado. Por eso el formato acústico no funciona simplemente como una solución práctica, es su hábitat natural. La cercanía permite que las letras ocupen espacio, quee una respiración permanezca, que la canción no necesite esconderse detrás de demasiados elementos.

Sus conciertos se han construido tradicionalmente desde esa intimidad, acompañándose con guitarra o teclad, pero ahora existe una nueva posibilidad. Para El Último Eslabón, María trabaja con Daniel Garstel Urrutia y César Berzosa, de Yogures de Coco, junto a Víctor Pérez, para llevar el proyecto hacia una grabación en formato banda. Esto no significa que abandone su origen, lo amplía.

Existe una bonita coherencia entre la forma y el fondo del nuevo proyecto.

María habla de romper una cadena. Al mismo tiempo está modificando su propia forma de hacer música. Hasta ahora el acústico había definido gran parte de su trayectoria, ahora quiere explorar una banda, un productor, otra arquitectura sonora…. No porque necesite dejar atrás quién ha sido, precisamente porque está empezando a aceptar que su identidad puede crecer.

El último eslabón de una cadena puede convertirse en el primero de otra. La metáfora funciona también musicalmente.

Después de todo el recorrido, María mira hacia la chica que alguna vez soñó con cantar y le dice una sola palabra: gracias.

«Gracias por no rendirse».

No le dice que todo salió como esperaba, ni que desaparecieron los miedos, ni que finalmente consiguió dominar por completo su talento, le agradece haber persistido, haber aprendido a convivir con la música desde el placer, haber encontrado un espacio coherente para ella dentro de su propia historia.

Eso resulta quizá más importante que cualquier llegada porque la joven no tenía que convertirse únicamente en cantante, tenía que llegar a construir una vida en la que ser cantante pudiera convivir con todo lo demás.

El futuro tampoco aparece completamente resuelto. María quiere más concierto, una comunidad musical, una red de músicos, más canciones, más público,… pero reconoce algo con una honestidad especialmente valiosa: todavía siente miedo a exponerse, a subirse al escenario, a arriesgarse…

«Tengo que conseguir perder mi miedo a exponerme».

El miedo no invalida el camino, forma parte de él y quizá aquí aparezca el último aprendizaje importante.

No es necesario convertirse en una persona completamente segura para hacer aquello que deseamos, a veces basta con avanzar mientras la inseguridad todavía camina al lado.

Podríamos explicar la historia de María Ricote mediante cuatro títulos: Imperfecta Maravilla, Duelo, Nuevo Inicio y El Último Eslabón. Leídos seguidos, casi parecen capítulos de una misma autobiografía: Aceptar la imperfección, atravesar la pérdida, comenzar de nuevo y romper una cadena, pero probablemente la verdadera continuidad no se encuentre en esos nombres, está en una niña que cantaba, en una adolescente que escribía a capela, en una universitaria que aparcó una vocación, en una mujer que regresó, en una madre cuyo cuerpo volvió a pedirle canciones. en una artista que todavía insiste en llamarse aprendiz y en todas ellas aparece la misma persona.

María no necesitaba elegir entre ser mujer, madre o cantautora, necesitaba aprender a construir una vida donde ninguna de esas identidades tuviera que expulsar a las demás, por eso El Último Eslabón habla de sanar algo más que una herida. habla de romper con la idea de que vivir correctamente consiste en silenciar las partes de nosotros que incomodan a las expectativas.

María Ricote no ha vuelto a la música porque finalmente haya dejado de tener miedo, ha vuelto porque ha comprendido que el miedo no tiene derecho a decidir por ella y quizá por eso su nueva etapa comienza con una palabra tan precisa:

‘Recompuesta’,

porque después de romper una cadena no regresamos a ser quienes éramos, tenemos que aprender a construir a la persona que viene después.

Nuestro compañero Josechu Egido ha conversado con María Ricote sobre El Último EslabónRecompuesta, la maternidad, la exigencia, el feminismo, “Escribo Violeta” y una relación con la música que ha pasado de la obligación de demostrar a la libertad de disfrutar. Esta es la entrevista completa para “La Consulta del Dr. Escarabajo”.