LOS MIEDOS TAMBIÉN SON FOLCLORE
En algunos conciertos de YORAIMA ocurre algo extraño: El público escribe sus miedos, no pone su nombre, no necesita explicarlos, los entrega y después esos papeles empiezan a parecerse entre sí. Y ocurre que cambian las personas, cambian los lugares, pero ciertos miedos regresan una vez y otra y otra.
Yoraima había comenzado a hablar de un posible “folclore emocional” antes de disponer de ninguna prueba. Era una intuición: del mismo modo que heredamos canciones, comidas, expresiones o costumbres, quizá también transmitimos inseguridades, heridas y maneras de relacionarnos con aquello que nos asusta.
Ahora sus conciertos empiezan a ofrecerles una respuesta:
«Nos encontramos con miedos que se repiten concierto tras concierto».
Puede que aquello que creemos estrictamente privado no lo sea tanto y ahí empieza realmente “Corazón de loto”.
LO QUE HEREDAMOS SIN SABER QUE LO HEMOS HEREDADO
El folclore suele contar lo que una comunidad decide conservar: una melodía, una danza, una receta, una celebración, un relato,…
YORAIMA propone ampliar la definición: ¿Qué ocurre con aquello que una familia transmite sin proponérselo? Los miedos, las inseguridades, la manera de amar, la forma de callar, las expectativas, la necesidad de esconder determinadas emociones ¿No existe también ahí una tradición?
Para Martin D. Baka y Yoraima Reija Montes, sí:
«Los miedos, las inseguridades y las heridas siguen siendo muchas veces las mismas y se comparten generación tras generación».
A veces incluso son impuestas por el propio entorno familiar, después corresponde a cada uno averiguar qué hace con ellas, si repetirlas, esconderlas, combatirlas o intentar transformarlas.
Por eso “Corazón de loto” no utiliza el folclore simplemente como material sonoro lo utiliza como una pregunta:
¿Qué heredamos emocionalmente de quienes estuvieron antes que nosotros?
TODO COMENZÓ CON UNA CHICA DE QUINCE AÑOS ESCRIBIENDO
Antes de existir las canciones estuvieron los poemas.
Jimena Marugán Guerra comenzó a escribir a los quince años. Primero lo hizo en forma de diario y reflexiones personales; más tarde descubrió el verso libre y encontró en él una manera más intuitiva de expresarse y de ahí nació el poemario “Corazón de loto”.
Cuando YORAIMA llegó hasta aquellos textos, lo primero que encontró no fue tristeza.m, fue valentía.
«¿Cómo alguien tan joven […] tenía el valor y el coraje de expresar a través de palabras todos esos sentimientos que muchas personas sentimos o compartimos, pero no nos atrevemos a canalizar?»
Ese gesto es importante, pues Jimena no escribe desde una posición artística construida durante años, escribe porque necesita hacerlo, porque hay cosas que pesan menos cuando consiguen una forma, después llegan los demás: La música de YORAIMA, las ilustraciones de Kai García Estrada y algo que había comenzado como una herramienta íntima empieza a convertirse en una obra compartida. Es Poesía, es Música, es Ilustración,… tres disciplinas para hablar de algo que probablemente existía mucho antes que cualquiera de ellas.
EL LODO NO DESAPARECE
La metáfora central del proyecto es conocida: La flor de loto crece desde el barro.
El propio proyecto plantea el recorrido como un proceso dividido en tres capítulos:
Lodo. Semilla. Flor.
Sería fácil interpretarlo como una historia de superación clásica: Entramos en el barro, sufrimos, aprendemos, florecemos,… y fin, pero YORAIMA introduce algo mucho más interesante donde el proceso no termina.
«Siempre es un ciclo. […] Salimos del barro para alimentarnos de él, para tener un momento de euforia y con el tiempo a lo mejor volver a caer».
Eso cambia por completo la lectura, porque sanar no significa alcanzar un estado permanente en el que ya nada vuelve a doler, el miedo regresa, la inseguridad regresa, el lodo regresa,… lo que puede cambiar es nuestra relación con él, saber reconocer la ola cuando vuelve, entender que ya hemos estado allí, atravesarla de otra manera,…
Por eso el objetivo del arte aquí no consiste tanto en eliminar el miedo como en aprender a reconocerlo.
MUCHAS NUECES Y UN POCO MENOS DE RUIDO
Yoraima utiliza una expresión preciosa para definir lo que hace:
«Una manera radicalmente suave de decir lo urgente».
Cuando les preguntamos qué significa, prefieren no encerrarla dentro de una definición, quieren que cada persona pueda apropiársela. Pero nos ofrecen una pista.
«Queremos transmitir un mensaje sin la necesidad de gritarlo».
Y Martin termina dándole la vuelta al refrán:
«Queremos hacer muchas nueces y a lo mejor hacer ruido de manera delicada».
Ahí probablemente se encuentra buena parte de la identidad del proyecto, no confundir intensidad con volumen, no confundir urgencia con estridencia, tampoco asumir que para hablar de algo importante hay que convertirlo necesariamente en una proclama.
Su propia carta de presentación lo resume como “electro folklore poético”, un encuentro entre poesía, raíz, experimentación, acústica y electrónica concebido como experiencia de escucha y reconocimiento.
Es una música que quiere decir cosas importantes, pero no necesariamente gritarlas.
POP ICONOCLASTA
Intentar clasificar a YORAIMA tampoco resulta sencillo y ellos mismos lo saben: “Folklore reimaginado”, “Avant-pop experimental”, “Electro folklore poético”,… hasta que aparece una expresión que parece divertirles bastante más: pop iconoclasta.
«Hacemos pop, pero no respetamos la estructura, no hacemos las armonías al uso».
La contradicción vuelve a resultar fértil, quieren conservar algo reconocible de la canción, pero no necesariamente sus reglas y quizá tenga sentido si recordamos cómo comenzó musicalmente el proyecto.
Martin y Yoraima se encontraron en el Conservatorio de Liège, en Bélgica, buscando precisamente desprenderse de muchas de las normas aprendidas durante años de formación académica: Improvisación libre, romper patrones, olvidar momentáneamente melodía, armonía y estructura tal como habían aprendido a entenderlas.
“Corazón de loto” es su primer trabajo discográfico y ellos mismos describen el proceso como una aventura personal para “romper con todas las reglas del pop”, no para destruirlo, sino averiguar qué queda cuando se eliminan algunas de sus certezas.
PRIMERO ESTABA LA PALABRA
En muchas de las canciones no existe una composición previa sobre la que después se coloca una letra, existe el texto y desde él empiezan a buscar melodías, texturas, sonidos, espacios,…
La electrónica y los instrumentos acústicos tampoco aparecen enfrentados, muchos sonidos sintéticos nacen precisamente del procesamiento de materiales acústicos: las voces, los instrumentos o elementos que posteriormente son alterados.
Yoraima explica que las canciones se han ido construyendo buscando melodías a partir de las palabras. Eso significa que la tecnología no sustituye lo humano, lo deforma, lo expande o lo convierte en otra cosa, pero el origen continúa siendo una voz, una respiración, un instrumento o una palabra escrita porque alguien necesitaba sacarla de dentro.
LA CANCIÓN NO TERMINA DE CERRARSE
Incluso después de compuestas, las canciones conservan espacios abiertos, la improvisación continúa siendo parte esencial de YORAIMA.
Cada concierto posee una estructura, las canciones tienen una forma, pero dentro de ellas permanecen lugares donde todavía puede suceder algo inesperado y a veces demasiado.
Ellos mismos cuentan que durante los ensayos terminan inventando secciones nuevas y deben recordarse:
«Oye, oye, que esto era así».
La anécdota tiene gracia, pero cuenta algo importante. YORAIMA no quiere interpretar exactamente lo mismo cada noche, quiere seguir encontrándolo.
La improvisación introduce riesgo, pero también mantiene viva la relación con las canciones, es hacer lo mismo pero de manera diferente.
PICO Y PALA
El proyecto ha avanzado con rapidez. Ha estado en festivales, en escenarios, en propuestas culturales y otras experiencias fuera de su entorno inmediato, pero cuando preguntamos qué han aprendido, no aparece ningún relato épico sobre una ascensión fulgurante, aparece una expresión mucho menos glamourosa:
«Pico y pala. Pico y pala».
YORAIMA prefiere crecer despacio, rodar las canciones, sentirse cada vez más seguro en escena, aprender a conectar mejor con el público.
Martin utiliza una imagen estupenda: subir una montaña lentamente desarrolla los músculos necesarios para encontrarte arriba, pero llegar en telesilla puede dejarte en la cima sin estar preparado para permanecer allí.
Quizá esa filosofía tenga bastante que ver con todo el proyecto, no hay que evitar el proceso, hay que aravesarlo.
SENTARSE Y ESCUCHAR
Existe además una pequeña batalla contra la velocidad. La música de YORAIMA pide atención, un tiempo, una C ierta disposición a permanecer,…
En un entorno cultural donde una canción puede ser juzgada después de unos pocos segundos, ellos reivindican algo tan poco espectacular como sentarse y escuchar, y reconocen que echan de menos más espacios preparados para eso.
«Para eso estamos aquí, para apostar por gente que le apetezca sentarse y escuchar».
Quizá sea otra forma de radicalidad suave, no de gritar para imponerse sobre el ruido, sino invitar a alguien a bajar el volumen suficiente como para escuchar algo que estaba ocurriendo dentro de él.
EL MIEDO QUE CREÍAMOS NUESTRO
Y entonces volvemos a aquellos papeles, a los conciertos, a los miedos anónimos, donde una persona escribe uno, otra persona, varios kilómetros más lejos, escribe prácticamente lo mismo y después otra. Puede que nunca se conozcan, puede que pertenezcan a generaciones diferentes, pero comparten algo que ambas creían suyo.
Ahí el concepto de folclore emocional deja de parecer únicamente una buena formulación artística y empieza a funcionar como descripción de algo real, quizá heredamos miedo al fracaso, a no ser suficientes, a quedarnos solos, a decepcionar, a no cumplir expectativas o a repetir aquello que vimos hacer a quienes estuvieron antes.
La clave está en qué hacemos después con ello y YORAIMA no propone exhibir nuestra intimidad públicamente, no exige convertir cada herida en contenido, habla de algo mucho más sencillo: Compartirla con alguien.
«Hay un trabajo muy bonito de compartir la vulnerabilidad».
Porque esconder un miedo puede hacer que parezca exclusivamente nuestro, nombrarlo permite descubrir que quizá alguien lleva años sintiendo exactamente lo mismo.
NO QUEREMOS QUE DESAPAREZCA EL MIEDO
Esta quizá sea la diferencia fundamental entre “Corazón de loto” y muchos relatos contemporáneos sobre sanar, y es que no promete invulnerabilidad, tampoco una versión futura de nosotros mismos completamente libre de heridas, ni propone derrotar definitivamente al miedo lo que manifiesta es la posibilidad de aprender a convivir con él, reconocerlo, nombrarlo, compartirlo o te ansformarlo.
La flor no existe a pesar del barro, existe también gracias a él y algo parecido ocurre con estas canciones. Los poemas nacieron de emociones que necesitaban salir, después se convirtieron en música, luego en imágenes, después en conciertos y finalmente llegan a otras personas, y esas personas entregan nuevos miedos…
El ciclo vuelve a comenzar: Lodo. Semilla. Flor y otra vez lodo.
LO ÍNTIMO SE CONVIERTE EN COLECTIVO
La presentación oficial de YORAIMA dice que el dúo convierte “la poesía en canción y lo íntimo en una experiencia colectiva”.
Después de hablar con ellos, probablemente la segunda mitad de esa frase sea todavía más importante que la primera, porque “Corazón de loto” empezó con algo completamente íntimo: una adolescente escribiendo, después alguien leyó, otro compuso, alguien ilustró, una banda interpretó, un público escuchó y finalmente otras personas empezaron a escribir sus propios miedos.
La intimidad empezó a circular, no para dejar de ser íntima, sino para dejar de estar sola.
Cuando preguntamos qué desean que sienta alguien que llega por primera vez al proyecto, YORAIMA habla de esperanza y de confianza en lo colectivo. La palabra puede sonar enorme pero la acción que propone es pequeña: Contarle a alguien lo que te asusta y descubrir que quizá también le asusta a él.
LOS MIEDOS TAMBIÉN SON FOLCLORE
Quizá dentro de muchos años alguien estudie nuestras canciones, nuestros bailes, nuestra comida o las palabras que utilizábamos y eso será parte de lo que fuimos, pero habrá otra herencia bastante más difícil de archivar: Los temores que pasaron de padres a hijos, las inseguridades que nadie explicó, las expectativas aprendidas, las heridas repetidas o las maneras de escondernos.
YORAIMA ha decidido llamar también folclore a todo eso y no para conservarlo, precisamente para poder reconocerlo porque tal vez algunas tradiciones merezcan permanecer y otras necesitan ser vistas antes de que podamos decidir qué hacemos con ellas.
“Corazón de loto” parte de un poemario, se convierte en música, atraviesa la ilustración y termina recogiendo nuevos miedos de personas desconocidas, entonces comprendemos que el proyecto nunca fue únicamente de Jimena, Martin, Yoraima o Kai, empieza a pertenecer también a quienes escriben esos papeles y a quienes escuchan y a quienes reconocen algo propio en una vulnerabilidad ajena, y quizá ahí esté la verdadera forma de sanar que propone el proyecto, no conseguir que el miedo desaparezca, sino descubrir que nunca fuimos los únicos que lo sentíamos porque abrazar nuestras inseguridades puede hacernos más fuertes, pero, como dice Yoraima: compartirlas puede hacernos invencibles.
Nuestro compañero Josechu Egido ha conversado con Martin D. Baka y Yoraima Reija Montes, integrantes de Yoraima, sobre “Corazón de loto”, la poesía de Jimena Marugán Guerra, el trabajo visual de Kai García Estrada, el folclore emocional, la improvisación, la vulnerabilidad y una manera radicalmente suave de decir aquello que resulta urgente. Esta es la entrevista completa para “La Consulta del Dr. Escarabajo”.
