HACER QUE LA MÚSICA ANTIGUA SIGA SIENDO FUTURO
Irene Estrella tiene exactamente la misma edad que el festival que ahora ayuda a conducir. treinta y tres años y la coincidencia podría quedarse en una anécdota biográfica si no explicara bastante bien lo que está sucediendo dentro del Festival Música Antigua Aranjuez.
Irene no ha llegado a una institución cuya historia conociera únicamente desde fuera. Ha crecido junto a ella. Lleva años participando en un proyecto construido por un equipo pequeño en el que su padre, Javier Estrella, ha sido una figura fundamental y continúa actualmente vinculado desde el comité asesor. Por eso, cuando habla de relevo generacional, no utiliza el vocabulario de las rupturas, habla de desplazamiento, de un peso que cambia de sitio, de una continuidad que empieza a adquirir otra mirada.
«No ha sido nunca una ruptura, sino un acompañamiento que ya venía sucediendo desde hace años».
Quizá ahí empiece realmente la XXXIII edición, no en el primer concierto si no en la pregunta de cómo se hereda algo sin limitarse a conservarlo.
Tener la misma edad que aquello que recibes
Durante décadas, el Festival Música Antigua Aranjuez ha trabajado con una idea muy concreta: recuperar la importancia que la música tuvo históricamente en el Real Sitio y volver a hacerla sonar en los lugares donde aquella relación entre corte, paisaje y creación tuvo sentido.
La edición de 2026 vuelve a hacerlo entre el 2 de octubre y el 8 de noviembre, con programación repartida entre espacios como la Capilla del Palacio Real, el Teatro Real Carlos III, jardines y otros enclaves históricos de Aranjuez.
Pero Irene introduce una cuestión nueva, no basta con que cambie quien programa, también debe cambiar quien escucha.
«Yo tengo 33 años, tengo la edad del festival».
Y entonces formula lo que quizá sea el verdadero relevo generacional que le interesa: conseguir que un público más joven llegue a esa música y pueda emocionarse con ella como se ha emocionado ella, no es que proponga rebajarla, ni disfrazarla, ni simplificar aquello que resulte complejo… Más adelante lo explica con una frase especialmente importante: divulgar no significa simplificar, sino encontrar desde qué lugar puede entrar cada persona.
La diferencia es enorme, porque convertir un repertorio histórico en algo accesible no obliga a tratar al público como si necesitara una versión reducida de él, puede bastar con darle una puerta.
El patrimonio no está quieto
La pregunta parecía contener una pequeña trampa: «¿Qué ocurre cuando un festival dedicado a recuperar patrimonio termina convirtiéndose también él mismo en patrimonio?». Irene no intenta escapar, acepta la idea, e incluso la reivindica. Después de treinta y tres ediciones, considera natural que el festival forme ya parte del patrimonio inmaterial de Aranjuez. El problema, por tanto, no consiste en evitar esa condición, consiste en decidir qué entendemos por patrimonio.
Si pensamos en algo que debe permanecer intacto detrás de una vitrina, una institución dedicada a músicas de siglos pasados corre el riesgo evidente de convertirse en monumento a sí misma, pero la música impide esa comodidad, tiene que volver a sonar, tiene que atravesar unas manos contemporáneas, alguien debe interpretarla otra vez, y en ese instante deja de pertenecer exclusivamente al pasado.
«No hacemos ediciones solamente de recuperación, sino que tratamos de volver a vivir aquello».
Es una diferencia esencial. Recuperar una partitura que llevaba tres siglos sin escucharse puede parecer arqueología, escucharla nuevamente en un espacio relacionado con el contexto para el que fue creada convierte el documento en experiencia y es que la historia vuelve a suceder, no es que sea igual, eso sería imposible, sucede ahora.
Una música de trescientos años que todavía improvisa
Irene va todavía más lejos y define la música barroca como «pura modernidad». Esta afirmación puede desconcertar precisamente porque arrastramos una idea del repertorio antiguo asociada a solemnidad, disciplina y reproducción exacta, pero ella recuerda algo diferente: improvisación, libertad del intérprete, capacidad para completar aquello que el compositor no dejó completamente cerrado, relación con el espacio, adaptación al entorno,… es decir: muchas de las cualidades que hoy utilizamos para describir músicas vivas.
Por eso le interesa que el festival permita que ese patrimonio dialogue con lenguajes posteriores y contemporáneos. Ya lo ha hecho con jazz o flamenco y este año vuelve a aparecer esa línea en propuestas como la de KamBrass Quintet, Premio FestClásica Ensemble Emergente 2026, cuyo programa atraviesa épocas desde Juan del Encina y Lully hasta Manuel de Falla y creación contemporánea. Para Irene, negar ese diálogo sería negar la propia historia de la música, porque ningún presente aparece de la nada.
Aranjuez también interpreta
Existe además un integrante del festival que no figura entre los músicos: es Aranjuez.
Irene es rotunda cuando se le pregunta si esta cita podría celebrarse igual en otro lugar: «No», quizás podría existir otro festival, pero contaría otra historia, y es que las dependencias reales, el Palacio, los jardines, el Tajo, los espacios del siglo XVIII o la Bodega Carlos III no funcionan simplemente como decorados atractivos forman parte del significado.
Muchas de aquellas músicas nacieron para cámaras palaciegas, fiestas reales, teatros concretos o experiencias vinculadas al paisaje, los monarcas podían pasear acompañados por músicos, la música formaba parte del espacio en lugar de limitarse a ocuparlo durante noventa minutos y por eso la programación actual incorpora paseos, encuentros, visitas o degustaciones, no como accesorios turísticos colocados alrededor de los conciertos.
Irene los entiende como otra manera de escuchar.
«La música no es solamente ir a un lugar, escuchar pasivamente y ya está».
La frase sirve también para explicar el modelo de festival que quiere preservar.
Saber algo antes de escuchar
Existe cierta resistencia a contextualizar el arte por miedo a condicionarlo, pero Irene piensa de otra manera, y es que conocer quién escribió una pieza, por qué lo hizo, qué estaba ocurriendo alrededor o qué pretendía expresar no estropea la experiencia, puede ampliarla.
«No se trata de un spoiler».
De ahí los encuentros con los músicos y las actividades previas y también de ahí su preocupación por el público joven. No cree que la principal barrera esté en Bach, Vivaldi o Couperin, la encuentra antes, en la educación, en la escasa presencia cotidiana de la cultura musical, en la propia expresión «música antigua», que para alguien sin contacto previo puede sugerir un territorio especializado al que solo se accede después de adquirir determinados conocimientos pero Irene sostiene que la barrera suele desaparecer una vez que alguien entra, su trabajo consiste entonces en facilitar ese primer paso.
Farinelli todavía no ha terminado de contarnos su historia
Hasta las figuras aparentemente agotadas por la historiografía pueden volver a abrirse.
La edición arrancó precisamente el 2 de octubre con la presentación de “El Expediente de Calatrava de Carlo Broschi Farinelli”, con José María Domínguez y Juan Ángel Vela del Campo, en una conversación dedicada a revisar la dimensión histórica del cantante en la corte española.
Cuando se le pregunta si aún quedan relatos de Farinelli por corregir, Irene responde con una palabra.
«Siempre».
Nuevas investigaciones modifican lo que creíamos saber, documentos que parecían cerrados pueden adquirir otro significado y eso convierte la recuperación patrimonial en una actividad extrañamente parecida al futuro: todavía no sabemos qué vamos a encontrar.
Charles Burney, Juan Crisóstomo de Arriaga, Bach, Corelli, Handel, Vivaldi… La programación de este año reúne recuperación, efemérides, interpretación histórica y algunas de las principales figuras actuales del género, entre ellas Richard Egarr, cuyo concierto con Hippocampus supone su debut como director musical de la formación, no se trata únicamente de volver atrás, se trata de mirar otra vez.
Programar sin saber si funcionará
Y entonces Irene dice quizá la frase más reveladora de toda la conversación.
«Los festivales siempre deben arriesgarse».
Lo aprendió de su padre y añade algo menos habitual todavía:
«Nosotros no programamos pensando en la venta».
Eso no significa ignorar al público, significa que la programación no puede limitarse a repetir aquello cuyo resultado ya conoce, a la calidad, a una historia que contar, a la relación con la temática anual, a la capacidad para aportar algo a la recuperación, a la interpretación o reconsideración de ese patrimonio, al prestigio, en cambio, no necesariamente… Por eso conviven figuras consolidadas con agrupaciones jóvenes y proyectos emergentes.
Si un festival solo programa aquello que ya sabe que funciona, reduce progresivamente su razón de existir, deja de descubrir y termina gestionando certezas, por esto, Irene prefiere reservar un espacio para la posibilidad de equivocarse, quizá esa sea una de las formas más convincentes de mantener vivo algo que cumple treinta y tres años.
El otro relevo generacional
Al comienzo parecía que esta historia iba a tratar sobre una hija que toma el relevo de un proyecto en el que su padre ha desempeñado un papel decisivo, pero la conversación termina desmontando esa idea porque el verdadero relevo que preocupa a Irene Estrella está en otro sitio: en las butacas.
Quiere que alguien de veinte o treinta años llegue a Aranjuez sin necesidad de ser musicólogo, escuche una música escrita hace siglos y encuentre algo que todavía le pertenece, no porque le hayan convencido de que debería apreciarla, porque se emocione, porque descubra que detrás de la etiqueta «música antigua» existen improvisación, conflictos, afectos, experimentación, cuerpos, espacios y personas intentando expresar algo que quizá no sea tan distinto de lo que seguimos intentando expresar ahora.
Irene tiene 33 años y el festival también, y acaso la coincidencia permita entender lo que empieza aquí, no se trata de que una generación sustituya a otra, se trata de que aquello que recibió continúe moviéndose lo suficiente como para que otra generación quiera recibirlo algún día.
Nuestro compañero Josechu Egido ha conversado con Irene Estrella sobre la XXXIII edición del Festival Música Antigua Aranjuez, el relevo generacional, la divulgación, el patrimonio, el riesgo y el reto de conseguir que una música escrita hace siglos siga encontrando nuevos oyentes. Esta es la entrevista completa para “La Consulta del Dr. Escarabajo”.
