Miguel Rivera: «Madurar consiste también en aceptar la incertidumbre»

LA CASA QUE APARECE CUANDO UNO ACEPTA QUE YA NO ES QUIEN ERA

Alguna mudanzas que comienzan mucho antes de meter el primer objeto en una caja. Se producen lentamente, casi sin avisar, mientras cambia la manera de mirar el tiempo, de relacionarse con los demás o de entender las propias prioridades. Un día, al observar lo que nos rodea, descubrimos que seguimos siendo nosotros, aunque ya no seamos exactamente la persona que recordábamos.

Miguel Rivera no puede señalar una fecha concreta en la que su vida cambió. No hubo una revelación repentina ni un acontecimiento capaz de dividir su historia en dos mitades perfectamente reconocibles. Hubo una sucesión de experiencias: la formación de una familia, la llegada de los hijos, una relación construida durante años, la separación de Maga y el progresivo abandono de esa adolescencia tardía que, según explica, acompañó a buena parte de su generación.

Todo eso terminó encontrando una forma musical: Una casa nueva parece hablar de una vivienda, pero en realidad describe el lugar interior al que se llega cuando la vida deja de estar organizada únicamente alrededor de uno mismo. Es una canción sobre aquello que aparece cuando la juventud ya no puede utilizarse como refugio y la madurez deja de parecer una renuncia para convertirse en una elección.

«Hace años no me imaginaba aquí: con una familia, con otra forma de entender la vida, el tiempo, las prioridades y también a mí mismo».

La casa de la canción es física, pero solo en su superficie. La mudanza funciona como la imagen visible de un desplazamiento mucho más profundo. Para Miguel Rivera, sentirse en casa significa alcanzar cierto equilibrio interior, mantener una coherencia entre el discurso y las acciones y sentir que uno está siendo justo tanto con los demás como consigo mismo.

También significa continuar haciendo música, porque, por mucho que hayan cambiado las circunstancias, el compositor reconoce en su interior los mismos cimientos de hace veinte años. El imaginario, el andamiaje emocional y la necesidad de escribir permanecen. Lo que se ha transformado es la experiencia desde la que observa todo aquello.

LA MISMA MIRADA DESDE OTRA VIDA

La madurez no ha borrado al músico que comenzó a escribir canciones décadas atrás. Le ha proporcionado nuevas herramientas para comprenderlo.

A los años de ensayo y error en la composición musical y lírica se suma su trabajo creando música para cine, una disciplina que le ha obligado a manejar diferentes registros, instrumentos y planteamientos sonoros. Esa experiencia aparece ahora en unas canciones que se alejan deliberadamente de cualquier idea preconcebida sobre cómo debería sonar el antiguo vocalista de Maga.

No existe una ruptura con el pasado, pero tampoco una obligación de repetirlo.

Miguel Rivera habla de su legado como un patrimonio propio al que no necesita renunciar. La diferencia es que, en esta ocasión, ha trabajado sin el corsé de imaginar qué espera encontrar el oyente. Junto a Lost Twin, ha permitido que los temas avanzaran hacia lugares que no había explorado antes.

El proceso se prolongó durante más de dos años. No hubo prisas ni una estructura cerrada desde el comienzo. Partieron de sus bocetos y fueron desarrollando las canciones lentamente, dejando que cada una revelara su propia dirección.

La colaboración alteró incluso su manera habitual de trabajar. En lugar de llegar al estudio con un proyecto perfectamente definido, las posibilidades que surgían durante la producción lo animaron a continuar componiendo hasta que aquel conjunto de ideas comenzó a adquirir la forma de un disco.

No se trataba de ejecutar un plan, se trataba de averiguar qué escondían aquellas canciones.

CREAR ES DESCUBRIR

Cuando habla del proceso creativo, Miguel Rivera recuerda una idea de Fernando Alfaro: el artista no está creando, está descubriendo.

La frase define con precisión su forma de escribir. Las canciones suelen aparecer al dictado de las emociones, mediante una escritura cercana al automatismo. Una sensación provoca una imagen; la imagen encuentra una melodía o un ritmo; y las ideas quedan anotadas en una libreta o en el teléfono hasta que llega el momento de unirlas.

No construye las letras desde una distancia intelectual. Las encuentra mientras intenta comprender aquello que está sintiendo.

Por eso su vida personal nunca ha estado desligada de sus canciones. Desde las primeras composiciones, todas han nacido de experiencias vividas, imaginadas o incluso de situaciones de las que habría querido escapar. La diferencia es que este nuevo trabajo contiene una revisión especialmente profunda: mira hacia el pasado, pero lo hace desde la conciencia de quien ya habita otro presente.

En Una casa nueva, esa transformación aparece formulada desde la intimidad:

«No cuento ya historias,
canto nuestra vida».

El verso marca un desplazamiento esencial. No significa que antes sus canciones fueran ajenas a su biografía, sino que ahora la mirada se ha concentrado en una realidad compartida. La primera persona singular ha comenzado a dejar espacio al plural.

La vida ya no es únicamente lo que le sucede, es también aquello que debe construir y proteger junto a otras personas.

DEJAR DE VIVIR SOLO PARA UNO MISMO

Para Miguel Rivera, la llegada a la madurez implica un cambio de foco. Después de esa prolongada adolescencia generacional, llega un momento en que uno comienza a vivir para el sustento, el cuidado y la protección de quienes dependen de él.

La familia se convierte en un proyecto común y obliga a sustituir parte del individualismo por una forma de trabajo en equipo. No se trata de dejar de existir como individuo, sino de reconocer que las propias decisiones ya no terminan en uno mismo.

Ahí se encuentra el verdadero significado de la casa nueva y no es únicamente el espacio al que se llega, sino la conciencia de que alguien más habita nuestras decisiones.

La música de la canción reproduce ese tránsito. Las estrofas se desarrollan desde un lugar recogido, entre percusiones orgánicas y sintetizadores melancólicos. Después, el horizonte se abre: aparecen baterías rápidas, cercanas al drum and bass o al footwork, y la composición alcanza una sensación de euforia.

El estribillo, paradójicamente, no necesita palabras. Para Rivera funciona casi como una sección instrumental, la parte más rítmica y poderosa de la canción. La música sostiene por sí sola la imagen del calor humano y conduce la pieza hacia un estallido cercano al de una fiesta.

La intimidad no desemboca en recogimiento, desemboca en celebración.

¿CUÁL DE TODOS MIS «YO» SOY?

Sin embargo, aceptar que la vida ha cambiado no significa comprender inmediatamente quién ha aparecido después del cambio.

El segundo adelanto, Desde el rincón donde nadie me ve, introduce esa pregunta. Si Una casa nueva reconoce el lugar al que ha llegado, esta canción observa las identidades que han ido quedando por el camino.

Personas, ciudades, decisiones y etapas que parecían definitivas terminan desapareciendo. Al mirar atrás, uno puede sentir que ha vivido varias vidas dentro de la misma existencia. El pasado continúa presente, pero ya no siempre resulta sencillo distinguir qué parte de él sigue definiéndonos.

«Y ya no sé cuál de mis yo soy,
si el que huye o el que persigue al que huye»
.

La afirmación que abre la letra —«Siempre he sabido quién soy»— se deshace inmediatamente. La certeza dura hasta que el protagonista se observa desde ese rincón invisible y se lanza a un frente de combate que parece desarrollarse dentro de sí mismo.

La canción crece sobre guitarras repetitivas y ecos, avanzando a través de una niebla que termina abriéndose hacia una emoción más clara. Su movimiento musical reproduce el mismo recorrido de la letra: caminar aunque todavía no se conozca por completo el destino.

El disco no propone resolver esa incertidumbre, propone aprender a convivir con ella.

La madurez, explica Miguel Rivera, permite gestionar de otra forma los varapalos, el estrés y los contratiempos. No elimina el miedo ni convierte el futuro en algo previsible. Enseña, sencillamente, a vivir al día, a no construir demasiados castillos en el aire y a disfrutar del camino sin perder el sentido del humor.

Crecer no consiste en dejar de dudar, consiste en que la duda ya no nos impida avanzar.

LOS HUESOS DEL CAMINO

El tercer adelanto, A veces el viento, completa hasta ahora ese recorrido. Después de aceptar el cambio y preguntarse qué identidad ha sobrevivido a él, aparece la necesidad de despedirse.

Pero no se trata de una despedida formulada desde la derrota.

La canción parte de la certeza de que todo lo vivido continúa formando parte de quienes somos, incluso cuando algunas personas ya no pueden acompañarnos. Casi nunca existe un único motivo para que los caminos se separen. Simplemente llega un momento en el que continuar juntos deja de tener sentido.

Avanzar también exige dejar atrás.

«Hay que fabricarse compañeros de viaje
con los huesos del camino.
Y marcharse».

Pese a abordar la pérdida, es una de las composiciones más luminosas del disco. Las guitarras abiertas, la melodía y ese pulso cercano a una marcha convierten el abandono en movimiento. La imagen no es la de alguien que permanece contemplando unas ruinas, sino la de quien logra recuperar la circulación después de sentir durante demasiado tiempo una pierna dormida.

La casa reaparece, aunque esta vez destruida:

«¿Qué se hace al ver en ruinas la casa donde naciste?
¿No mueres un poco con ella?».

La pregunta establece un diálogo involuntario con Una casa nueva. Para entrar en determinados lugares es necesario aceptar que otros ya no existen. La nueva casa no borra la anterior, pero tampoco puede construirse permaneciendo dentro de sus ruinas.

Las tres canciones no funcionan así como episodios independientes. Forman parte de una misma conversación: Aceptar que uno ha cambiado, preguntarse quién es después de ese cambio y aprender a despedirse de aquello que ya no puede continuar el viaje.

UN DISCO DE PREGUNTAS

El nuevo trabajo de Miguel Rivera, compuesto por diez canciones y con publicación prevista para el 30 de octubre, no parece buscar respuestas concluyentes. Su centro se encuentra precisamente en las preguntas que acompañan al músico en la vida cotidiana.

Algunas son íntimas; otras, aparentemente prosaicas. Cómo afrontar el día a día. Cómo pagar un alquiler. Cómo convivir con las desigualdades y la injusticia. Cómo conservar la ilusión cuando la realidad obliga continuamente a reajustar las expectativas.

No hay una filosofía grandilocuente detrás de ellas, hay una voluntad de supervivencia y esa supervivencia depende, según Rivera, de no perder la ilusión ni el sentido del humor.

Una casa nueva, la canción que cerrará el álbum aunque fuera elegida como primer adelanto, funciona al mismo tiempo como conclusión, punto de partida y destino. Reúne buena parte de los ingredientes musicales y filosóficos del proyecto: la mezcla de lo orgánico y lo electrónico, el tránsito de la introspección a la expansión y la aceptación de una vida que no se parece a la que había imaginado años atrás.

Cerrar el disco con una casa nueva puede parecer una paradoja y en realidad, es la decisión que explica todo el relato, porque llegar a casa no significa terminar el viaje. Significa encontrar el lugar desde el que uno está preparado para comenzarlo de otra manera.

Miguel Rivera no ha escrito estas canciones para explicar quién fue ni para reconstruir al artista que los demás recuerdan. Las ha escrito para descubrir quién sigue siendo después de la familia, las despedidas, los errores, las transformaciones y el paso del tiempo.

Quizá por eso su música actual no necesita presentar la madurez como una conquista definitiva. No ha alcanzado una versión cerrada de sí mismo. Continúa dudando, cambiando y aprendiendo a reconocer a los distintos hombres que ha sido.

La diferencia es que ahora sabe que ninguno de ellos posee toda la respuesta y que sentirse en casa quizá consista precisamente en aceptar esa incertidumbre sin dejar de caminar.

Nuestro compañero Josechu Egido ha conversado con Miguel Rivera sobre Una casa nueva, el un disco que ha construido junto a Lost Twin, su nueva forma de afrontar la creación y el proceso vital que atraviesa sus canciones. Esta es la entrevista completa para «La Consulta del Dr. Escarabajo».