OJALÁ TENGAS RAZÓN
Hay frases que pueden significar exactamente lo contrario dependiendo del lugar desde el que se pronuncien: “Ojalá tengas razón. Puede ser una forma de terminar una discusión, una concesión, un deseo o incluso una despedida.
Para Vangoura, esas cuatro palabras contienen prácticamente un disco entero, porque “Un viaje eterno” no nace de dos personas que hayan encontrado respuestas sobre la vida después de la muerte, nace precisamente de no tenerlas, de mirar a quienes sí poseen una certeza y preguntarse qué se sentirá viviendo desde allí, de escuchar a unos padres, unos abuelos, una pareja o unos amigos hablar del cielo, del más allá, de la posibilidad de reencontrarse y descubrir que, aunque uno no consiga compartir completamente esa fe, existe algo dentro que desea profundamente que sea verdad, no por doctrina, ni por miedo al castigo, es por amor, porque si alguien nos importa lo suficiente, la posibilidad de perderlo definitivamente puede conseguir que incluso aquello que durante años observamos desde lejos comience a parecernos digno de atención.
Vangoura no ha escrito un disco para explicar la fe. Lo ha escrito para intentar comprender a las personas que creen y, por el camino, ha terminado comprendiéndose un poco mejor a sí mismo.
LAS PRIMERAS CANCIONES NO SABÍAN DE QUÉ HABLABAN
El proceso comenzó antes de que Miguel pudiera identificar exactamente qué estaba escribiendo: Aparecieron frases, ideas, los o rimeros esbozos surgían casi espontáneamente dentro de canciones todavía embrionarias y, poco a poco, empezó a detectar una recurrencia.
Había asuntos que llevaban años rondándole la cabeza y que nunca se había atrevido a convertir en canciones: La muerte, la espiritualidad, la forma en que las personas queridas imaginaban aquello que podría existir después de la vida, pero la intención nunca fue escribir sobre la fe como concepto.
«En ningún momento hubo una pretensión de hablar de fe ni de espiritualidad en sí».
Lo que interesaba era algo mucho más concreto: ¿Cómo vive esas ideas alguien a quien queremos? ¿Qué cambia en su presente cuando confía en que la muerte no sea el final? ¿Qué consuelo encuentra? ¿Qué ocurre cuando observamos esa tranquilidad desde fuera y sentimos, aunque sea durante un instante, que nos gustaría poseerla también?
Las canciones nacieron ahí, no dentro de una iglesia, si no dentro de una relación.
HABLAR DE LA FE SIN SENTIRSE CAPAZ DE HABLAR DE FE
Una de las decisiones más importantes de “Un viaje eterno” es precisamente reconocer sus límites. Vangoura no pretende ocupar un lugar de autoridad.
Miguel ha leído, escuchado y visto películas, documentales y series alrededor de la espiritualidad por curiosidad personal, pero no considera que posea los conocimientos necesarios para construir un discurso sobre la fe en sí misma y probablemente ahí reside una de las grandes fortalezas del álbum, no intenta explicarla, lo que hace es observarla.
«Lo que sí podemos hacer es hablar sobre cómo nos hacen sentir algunos de los temas que trata la religión o la fe».
Esa posición elimina dos extremos especialmente fáciles en lo que no hay militancia pero tampoco burla. No existe intención de convertir al oyente, ni necesidad de demostrar que toda creencia resulta absurda. Lo que aparece es algo mucho más delicado: la voluntad de comprender y esa voluntad nace de la empatía.
«A partir de querer conocer lo que para la persona que tienes enfrente y que es importante para ti es importante, nace todo el disco».
Quizá esa sea la primera revelación de “Un viaje eterno”. No necesitamos compartir una convicción para respetar el lugar que ocupa dentro de alguien a quien queremos.
CRECER ENTRE PERSONAS QUE CREEN
Miguel ha convivido desde niño con la fe. Con sus padres o sus abuelos. personas cercanas que poseen una manera concreta de comprender la muerte y aquello que podría existir después.
Para él, sin embargo, esas certezas siempre permanecieron fuera. Podía escucharlas, pero no reconocerse dentro.
«Siempre lo he visto como algo ajeno, porque no consigo encontrarme en esas frases».
Y, sin embargo, había una palabra que seguía apareciendo: “ojalá”. Ojalá exista realmente un lugar donde podamos reencontrarnos, ojalá la muerte no sea una ruptura definitiva, ojalá las personas que queremos tengan razón cuando hablan de continuar juntos de alguna manera… Y hace que la duda permanezca, o pero ya no está acompañada por indiferencia, hay deseo.
«Para mí sería mucho mejor poder seguir acompañado de estas personas hasta la eternidad».
Ahí está probablemente la emoción más profunda del álbum: No querer creer porque la muerte asuste, sino querer creer porque la vida ha conseguido llenarse de personas que no deseamos perder.
LA DUDA ES INCÓMODA
La certeza proporciona descanso, no necesariamente porque sea correcta, sino porque cierra preguntas.
Miguel reconoce que el ser humano parece vivir más cómodo cuando posee respuestas y que, en ocasiones, incluso construimos nuestra propia realidad para alcanzar esa tranquilidad.
La duda exige algo más y es permanecer dentro de una pregunta, aceptar que quizá no existe una respuesta accesible y continuar pensando.
«La duda siempre tiene un poso de incomodidad».
Pero precisamente en ese territorio encuentra Miguel la posibilidad de crecer, la duda mantiene una puerta abierta y esa puerta resulta especialmente importante cuando al otro lado existe una persona querida cuya forma de entender el mundo es distinta a la nuestra.
Cerrar la pregunta significaría también cerrar parte de esa conversación y por eso mismo, Vangoura decide permanecer ahí, entre la certeza ajena y la incertidumbre propia, no porque resulte cómodo, porque permite aprender.
EL MIEDO A MORIR COMO UNA DECLARACIÓN DE AMOR A LA VIDA
Durante el proceso de creación del disco, Miguel pensó mucho en la muerte y apareció una idea que terminó proporcionándole un inesperado consuelo: ¿Por qué nos asusta tanto desaparecer?
Una explicación posible es evidente, porque hay algo aquí que no queremos abandonar.
«Si tanto miedo tengo a morir es porque tengo algo que conservar en vida».
El pensamiento altera por completo la dirección del miedo. La muerte continúa inquietando, pero deja de funcionar exclusivamente como amenaza.
También demuestra cuánto valor poseen las cosas que podrían perderse con ella como las personas, las experiencias, los vínculos,…en resumen: la vida cotidiana.
Entonces el miedo a morir puede convertirse, paradójicamente, en una medida del amor que sentimos por estar vivos. No tememos únicamente dejar de existir, tememos dejar de estar con ellos y quizá esa sea la pregunta religiosa más humana de “Un viaje eterno”, no «¿existe Dios?», sino ¿de verdad tengo que perderte para siempre?
YO QUISIERA VER EL MISMO CIELO QUE TÚ
La nota de presentación del álbum identifica ‘Yo quisiera’ como una de las canciones que mejor condensan ese conflicto.
Su punto de partida es extremadamente sencillo:
«Yo quisiera / ver el mismo cielo que tú / verlo a tu manera».
No lo afirma, lo desea, y la diferencia lo cambia todo.
Miguel no dice que haya encontrado una fe propia, dice que le gustaría poder observar el futuro con la misma serenidad que alguien a quien ama.
La canción se instala en ese espacio extraño en el que queremos participar de una certeza que todavía no podemos hacer nuestra, no porque necesitemos tener razón, porque nos gustaría sentir la misma calma y ese gesto puede ser incluso una forma particularmente profunda de amor, intentar mirar el mundo durante unos minutos con los ojos de otra persona.
“TU REFLEJO”: CREER A TRAVÉS DE LA MIRADA DEL OTRO
Antes del lanzamiento del disco, ‘Tu reflejo’ comenzó a revelar con claridad aquello que Vangoura llevaba meses insinuando.
La canción sitúa la espiritualidad precisamente dentro de esa mirada prestada.
El grupo la define como el momento en que el conflicto central del álbum deja de insinuarse: la tensión entre la duda propia y la fe ajena, donde una persona cree y otra no, pero la relación entre ambas impide que esas posiciones permanezcan completamente aisladas.
La fe de uno comienza a afectar al otro, pero no necesariamente convirtiéndolo, simplemente obligándolo a mirar y quizá esa sea una forma mucho más interesante de transformación que cualquier revelación repentina.
Miguel no pasa de no creer a creer, pasa de no prestar atención a querer comprender.
“PRIMERA CLASE”: CUANDO LA RESPUESTA ESTÁ AQUÍ
No todas las canciones de “Un viaje eterno” miran hacia la muerte. Por ejemplo, ‘Primera Clase’, compartida con La Milagrosa, devuelve el disco a un lugar completamente terrenal.
La canción habla de alguien capaz de transformar la percepción de lo cotidiano.
«Convertiste en interesante todo lo que hasta ayer no era importante».
Aquí no aparece la incertidumbre del más allá, aparece una certeza del presente. Alguien ha llegado y ha conseguido que la vida resulte más habitable, que el ruido se ordene, que lo sencillo adquiera valor.
El deseo ya no consiste en saber qué ocurrirá después de la muerte, es más inmediato: que esto dure.
«Solo pido que lo que ahora vivo dure más que todo lo demás».
La canción recuerda algo fundamental: El deseo de eternidad nace precisamente porque primero hemos conocido algo que querríamos conservar.
OJALÁ TENGAS RAZÓN
Entre los títulos del álbum aparece uno que podría funcionar casi como resumen de todos los demás: ‘Ojalá tengas razón’. La frase no contiene conversión, contiene amor.
El grupo la explica de una manera especialmente precisa: daría cualquier cosa por equivocarme si equivocarme significa no perderte del todo.
Hay pocas formas más limpias de expresar el centro emocional del disco. Miguel no necesita demostrar que su duda es intelectualmente superior, tampoco pretende apropiarse de la certeza ajena, solo desea que el mundo sea un poco más parecido a aquello que las personas que quiere esperan encontrar después, porque entonces podrían continuar y él con ellas.
NO TENGO MIEDO
También existe otra posibilidad: fingir que no tenemos miedo. ‘(No) tengo miedo’ trabaja precisamente esa contradicción.
Decimos que no tememos morir, ni a equivocarnos, ni a elegir, ni a decir la verdad,… mientras algo dentro tiembla.
El disco no presenta el miedo como una debilidad, lo acepta como una de las razones por las que las certezas resultan tan atractivas.
A veces querríamos creer no porque una doctrina nos haya convencido, sino porque necesitamos un lugar donde descansar temporalmente de la incertidumbre, pero Vangoura no utiliza esa necesidad para fabricar una certeza falsa, mantiene la pregunta y quizá ahí resida su honestidad.
REZAR SIN SABER SI CREES
En ‘500 grados’, esa frontera vuelve a desplazarse. La entrega hacia otra persona alcanza un lugar tan extremo que aparece incluso la posibilidad de rezar.
«Rezaría solo por ti».
¿Qué significa rezar cuando no sabemos exactamente si creemos? Quizá simplemente reconocer que hemos llegado al límite de aquello que podemos controlar, cuando todas nuestras herramientas dejan de funcionar, aparece el deseo de que algo —lo que sea— pueda proteger a quien amamos.
La oración ya no es necesariamente una declaración religiosa, puede convertirse en gesto de cuidado, en desesperación, en una forma de decir: haría incluso aquello que no sé si tiene sentido si existiera una mínima posibilidad de ayudarte.
EL AMOR TRANSFORMA
Cuando preguntamos directamente a Miguel si el amor puede ser el principal motor de cambio frente a las grandes incógnitas vitales, la respuesta no deja demasiado espacio a la duda.
«El amor transforma».
Puede sonar utópico y él mismo lo reconoce, pero afirma haber vivido siempre desde esa convicción, con empatía, con cariño, con cuidado, intentando ser mejor,… y cuando esas mismas actitudes regresan desde otra persona, aparece un deseo de construir, de creer en aquello que ambos están creando.
Ese principio no pertenece únicamente a las relaciones amorosas, también explica la relación de Miguel con la espiritualidad.
No ha sido una argumentación teológica la que ha conseguido acercarlo, han sido las personas.
EL AMOR COMO PUENTE
Cuando era adolescente, Miguel observaba la espiritualidad desde una distancia mucho mayor. No atacaba necesariamente las creencias de quienes lo rodeaban, pero dentro de sí existía cierto rechazo, era un territorio que ni siquiera merecía atención.
«Era como que casi no existía».
Con los años algo cambió: sus padres, sus abuelos, su pareja, los amigos, personas muy cercanas comenzaron a mostrarle, simplemente a través de su manera de vivir y de querer, que aquello que él contemplaba desde lejos tenía un valor real para ellos y esas mismas personas lo cuidaban, lo querían, lo acompañaban… La espiritualidad dejó entonces de ser únicamente un conjunto abstracto de creencias, estaba encarnada en personas concretas.
«Viendo cómo me han querido desde ahí y cómo me he sentido querido y cuidado por ellos, me ha enseñado a ser un poquito más abierto».
Ese proceso podría ser la verdadera historia de “Un viaje eterno”, no el recorrido hacia la fe, sino el recorrido hacia la tolerancia.
UN DISCO LUMINOSO SOBRE LA MUERTE
Con todos estos temas sobre la mesa, “Un viaje eterno” podría haber terminado siendo un álbum oscuro: Muerte, miedo, duda, pérdida., más allá…. Pero musicalmente Vangoura eligió —o quizá simplemente encontró— otra dirección: Luminosidad, estribillos amplios, pop, energía… Miguel explica que esa convivencia no fue una estrategia.
La melancolía forma parte naturalmente de sus canciones, pero ellos también son personas alegres.
Y, sobre todo, el proceso no fue doloroso.
«Ha sido un proceso bonito, un proceso de búsqueda, de mucha conversación con gente que queremos mucho».
Hablar de la muerte no significaba estar muriendo. Preguntarse por el más allá no convertía el presente en un lugar triste, al contrario, las conversaciones permitieron conocer mejor a las personas queridas, compartir puntos de vista, mostrar dudas, escuchar certezas… por eso el disco necesitaba luz, porque la búsqueda también la tuvo.
PACO SALAZAR: POTENCIAR SIN BORRAR
Paco Salazar produce “Un viaje eterno”, pero Vangoura destaca algo especialmente importante de su intervención: les permitió seguir siendo ellos.
«Nos ha dejado ser nosotros en todo momento».
El productor potenció los elementos que consideraba más interesantes sin comprometer la personalidad del dúo.
La relación terminó siendo también humana. Hubo conexión, confianza, amistad,… Otra vez aparece un patrón que recorre todo el álbum.
El crecimiento no surge cuando alguien impone una verdad desde fuera, aparece cuando existe suficiente confianza para que una persona ayude a otra a descubrir algo que ya estaba dentro.
ONCE CANCIONES SIN RESPUESTA
“Un viaje eterno” contiene once canciones: ‘Yo quisiera’, ‘Tu reflejo’, ‘Primera Clase’, ‘Un lugar para ti’, ‘Ojalá tengas razón’, ‘El cielo del que hablas’, ‘(No) tengo miedo’, ‘500 grados’, ‘Providencia’, ‘Improbables’ y ‘La superficie’ van componiendo un mapa en el que la espiritualidad aparece siempre filtrada por los vínculos.
El disco no alcanza una conclusión, no descubre definitivamente si existe algo después, ni decide entre creer o no creer.
Vangoura identifica precisamente esa indeterminación como una de sus virtudes: la pregunta continúa viva y quizá esa sea la única respuesta que Vangoura necesitaba, no cerrar, seguir mirando.
NO ES LO MISMO VIVIR QUE RESPIRAR
El tramo final del disco vuelve hacia la posibilidad de la pérdida. En ‘El cielo del que hablas’ se pregunta directamente cómo podría ser ese lugar que describen los creyentes: ¿Habrá memoria? ¿Cuerpo ¿Conciencia? ¿Tiempo? ¿Podremos abrazarnos?
Las preguntas no obtienen respuesta, pero aparece una frase:
«No es lo mismo vivir que respirar».
Quizá ahí termine de cerrarse el círculo.
Si el miedo a morir demuestra que existe algo que queremos conservar, vivir tiene que significar mucho más que mantenerse biológicamente presente.
Vivir es relacionarse. Es amar, es cuidar y ser cuidado, es recordar, es esperar, es sentir miedo porque hay algo que perder, y, a veces, mirar el cielo que describe otra persona y desear profundamente que exista.
UN VIAJE QUE NO CONDUCE HACIA DIOS
Sería muy sencillo explicar “Un viaje eterno” como el disco en el que Vangoura se acerca a la espiritualidad, y esto sería correcto, pero insuficiente, porque el verdadero destino del viaje no parece ser religioso.
Miguel no termina la conversación anunciando una nueva certeza, continúa dudando.
Lo que sí ha cambiado es su capacidad para mirar aquello que antes mantenía lejos: La fe de sus padres, la de sus abuelos, la de su pareja, la de amigos,… Esas creencias no se han convertido necesariamente en las suyas, pero han dejado de ser ajenas porque pertenecen a personas que tampoco son ajenas y ahí entra el amor, no como argumento capaz de demostrar que algo existe, como motivo suficiente para querer comprenderlo.
Quizá no podamos creer en el mismo cielo que otra persona, pero podemos escuchar cómo lo imagina, podemos preguntarle qué encuentra allí, podemos comprender por qué le proporciona calma y podemos incluso desear que tenga razón, no porque hayamos abandonado nuestras dudas, porque queremos que exista un lugar donde podamos volver a encontrarla.
Vangoura comenzó este disco intentando entender por qué las personas que ama creen y ha terminado descubriendo algo mucho más importante: comprender a alguien no significa pensar como él, significa quererlo lo suficiente como para no cerrar la puerta a aquello que para esa persona tiene sentido.
Tal vez “Un viaje eterno” no sea, después de todo, un disco sobre la fe, ni siquiera sobre la duda, es disco sobre el espacio que aparece entre ambas cuando dos personas deciden quererse desde lugares diferentes y quizá la frase más hermosa que puede pronunciar alguien que sigue sin conocer la respuesta sea también la más sencilla: Ojalá tengas razón.
Nuestro compañero Josechu Egido ha conversado con Vangoura sobre “Un viaje eterno”, la muerte, el miedo, la espiritualidad, la producción de Paco Salazar, el amor como fuerza transformadora y la posibilidad de aprender a mirar con respeto aquello que sigue sin formar parte de nuestras propias certezas. Esta es la entrevista completa para “La Consulta del Dr. Escarabajo”.
