Cristina La Mar: «Quiero conectar con las personas, hacer familia y comunidad»

A veces buscamos algo durante tanto tiempo que terminamos imaginando de antemano la forma que debería tener cuando aparezca.

Cristina La Mar pedía un amor bonito, un amor eterno, uno de esos que llegan para quedarse y parecen responder exactamente a la idea que habíamos construido antes de conocerlos. Pero no llegaba o, al menos, eso pensaba ella.

Mientras esperaba, escribió canciones, viajó, grabó, regresó a casa y un día sostuvo entre sus brazos a su primer sobrino y fue entonces cuando comprendió algo que acabaría dando sentido a Una flor en la luna.

El amor que estaba esperando llevaba mucho tiempo allí, en su familia, en sus amigos, en los músicos que tocaban junto a ella, en un abrazo de su madre,… en la calma.

«Y cuando lo tuve en brazos todo cobró sentido».

El «amor bonito» dejó entonces de ser una persona concreta para convertirse en algo mucho más grande: Un amor romántico, quizá, pero también familiar, amistoso, musical, geográfico,… una forma de pertenecer… y de repente resulta difícil separar esa revelación afectiva de la propia historia artística de Cristina La Mar, porque también tuvo que viajar lejos para descubrir que su identidad podía pertenecer a más de un lugar.

VIAJAR EN DIRECCIÓN CONTRARIA

La historia de Cristina contiene un movimiento poco habitual.

Mientras numerosos artistas latinoamericanos cruzan el Atlántico hacia España buscando desarrollar sus carreras, ella recorrió el camino inverso.

Nació y creció frente al Mediterráneo, en la Costa Brava y después llegó Colombia, algo que no estaba dentro de ningún plan. De hecho, la primera vez que viajó allí nunca antes había salido de Europa. Atravesaba además un momento en el que había perdido parte de la fe en su propio sueño y entonces ocurrió algo.

«Desde el primer día me empecé a enamorar de cada esquina, de las personas, de su arte y de la manera como lo viven».

Cristina observaba a la gente cantar y sentía que la música les brotaba de la piel y aquello modificó algo profundo, no solo descubrió otros ritmos o instrumentos, recuperó las ganas, la curiosidad, la necesidad de regresar y después de aquel primer viaje, como ella misma explica, «empezó todo».

Colombia no sustituyó a su lugar de origen, amplió la geografía desde la que podía comprenderse.

VIVIR EN COLOMBIA, ENTENDERSE FRENTE AL MEDITERRÁNEO

Cuando le preguntan de dónde es, Cristina responde de una manera especialmente significativa: del Mediterráneo.

No simplemente de una ciudad o de un país, del Mediterráneo como cultura, paisaje, memoria y manera de estar en el mundo.

Pero Latinoamérica se ha convertido en su segunda casa y esa convivencia entre ambas geografías explica buena parte de su música actual.

«En Latinoamérica encontré mi voz de cantautora, creo; mi sonido, mi instrumento».

Las historias suceden allí. Cristina vive experiencias rodeada por músicas, ritmos y formas de cantar latinoamericanas, después regresa al Mediterráneo y frente al mar intenta comprender lo ocurrido.

«Siempre vuelvo al Mediterráneo a escribir las historias, a entender qué pasó, a pausar la cabeza y el corazón con el sonido del mar y el olor del sol».

La frase contiene probablemente la arquitectura íntima de Una flor en la luna.

Latinoamérica proporciona vivencias, el Mediterráneo ofrece distancia.

En un lugar suceden las historias, en el otro terminan encontrando palabras.

La identidad no necesita resolver la contradicción, puede habitarla.

UNA STORYTELLER ANTES QUE UNA ESTRELLA

Cristina La Mar se define como storyteller, contadora de historias.

Antes incluso de que las canciones ocuparan el centro de su vida artística, escribía poemas y relatos autobiográficos. Su primer disco pudo haber terminado siendo un libro de poesía hasta que, un día, comenzó a poner música a aquellos textos, así apareció el camino.

Contar historias continúa siendo para ella la forma más natural de relacionarse con quien escucha.

«Mi historia tendrá otro nombre para los personajes, pero no sabes la cantidad de personas que sienten que son las únicas viviendo algo así».

Ahí aparece uno de los grandes poderes de la canción, la experiencia parte de alguien concreto, pero al llegar a otra persona pierde su exclusividad Alguien escucha una historia que no le pertenece y, sin embargo, reconoce dentro de ella una parte de su propia vida y entonces ocurre una transformación: La canción deja de ser únicamente la historia de Cristina y seconvierte en la de quien la escucha.

Quizá por eso sus grandes referentes no responden al modelo contemporáneo de estrella, cuando habla de Atahualpa Yupanqui, Mercedes Sosa o Simón Díaz, no menciona únicamente su repertorio o su importancia histórica, habla del espíritu, de la certeza, de la manera de colocar sentimiento dentro de cada nota.

«Mucha gente quiere ser una superestrella, una pop star. Yo escucho a Mercedes con esos aires de trovadora, de contadora, y yo quiero ser eso».

La aspiración no consiste en ocupar el centro, consiste en tener algo verdadero que contar.

BUSCANDO EL AMOR BONITO

En 2025, Cristina pedía un amor, uno eterno, uno que permaneciera, uno bonito… Pero no llegaba, al menos no del modo en que lo estaba esperando.

Mientras tanto escribió buena parte de Una flor en la luna con el corazón enamorado, aunque todavía no sabía exactamente de qué.

En la canción que finalmente dio título al EP apareció una frase: «Quiéreme bonito», después regresó a casa, estuvo con su familia y nació su primer sobrino.

Aquella búsqueda cambió completamente de significado: El amor bonito no estaba ausente, estaba mal localizado.

Cristina lo había buscado bajo una única forma cuando llevaba tiempo manifestándose de muchas otras: en el estudio, en los amigos, en su madre, en la familia,… en la tranquilidad.

Entonces decidió conservar ese nombre para definir un amor universal.

«Que llegue de la manera que llegue, pero que sea bonito».

Quizá ese sea el verdadero centro emocional del EP, no encontrar el amor, aprender a reconocerlo.

GRABAR TAMBIÉN ES CONTAR UNA HISTORIA

Una flor en la luna fue registrado completamente en directo. Todos los músicos tocaron simultáneamente en el estudio.

La decisión tiene mucho más que ver con la emoción que con una determinada estética de producción.

Desde su primer trabajo, Cristina colabora con Richard Blair, productor británico afincado en Colombia desde los años noventa y vinculado a trabajos con nombres como Peter Gabriel o Brian Eno.

Fue Blair quien insistió en las posibilidades de grabar en bloque, porque una historia no se cuenta igual cuando quienes participan en ella se encuentran separados.

«Cuando grabo en bloque mi voz suena distinto».

Cristina observa a los músicos, respira junto a ellos, aparece una sonrisa, una mirada,.. El tempo puede moverse, algunas canciones ni siquiera utilizan metrónomo, las pausas no son errores que deban corregirse después, las respiraciones tampoco, forman parte de lo sucedido.

«Es una manera de encapsular todo el sentimiento de cada miembro que está en ese espacio, encapsular un momento, una realidad».

La expresión resulta especialmente apropiada.

Una grabación siempre intenta conservar algo que desaparece inmediatamente después de suceder y en este caso, no únicamente notas, también relaciones.

ESCUCHAR LO QUE LA CANCIÓN PIDE

La producción del EP tampoco surgió de un diseño cerrado.

Cristina llegó a imaginar inicialmente que su segundo trabajo estaría construido alrededor del piano. Después comenzó a tocar el cuatro venezolano y todo cambió.

La banda empezó a buscar cuerdas, tambores, texturas e instrumentos siguiendo una pregunta fundamental: ¿qué necesita la canción?. No había una respuesta previa, el sonido fue apareciendo mientras trabajaban.

«Hasta el día que lo terminamos no sabíamos cómo sonaría».

Richard Blair ocupa nuevamente un lugar importante en esa filosofía. Cristina habla de su conocimiento profesional y técnico, pero lo que más valora es otra enseñanza, aprender a escuchar, a C omprender la importancia del silencio, a proteger la esencia de una canción antes que cualquier decisión de producción.

«Me enseña a comprender lo que pide la canción, a cuidar la esencia y el corazón por encima de todo lo demás».

La producción deja entonces de consistir en añadir, muchas veces consiste precisamente en saber qué no necesita entrar.

EL CUATRO QUE LLEGÓ PARA DESCONECTAR

El cuatro venezolano ocupa un lugar central dentro del nuevo sonido de Cristina La Mar, pero tampoco llegó mediante una decisión estratégica, apareció gracias a la amistad.

Durante sus viajes por Colombia comenzó a relacionarse con músicos procedentes de distintas regiones. Algunos interpretaban música llanera y, a través de aquellos encuentros informales de domingo, Cristina fue aproximándose a repertorios andinos y folclóricos.

Un día atravesaba un momento de estrés, estaba pensando demasiado y uno de sus amigos le propuso algo sencillo:

«Cris, llévate el cuatro a casa y toca, así desconectas».

El instrumento que llegó como una forma de descanso terminó convirtiéndose en el vehículo con el que encontró la manera de musicalizar muchos de sus poemas e historias.

Otra vez, el camino aparece antes que la intención. Cristina no salió buscando el cuatro, el cuatro apareció mientras estaba viviendo y la música decidió quedarse con él.

UNA CANCIÓN NECESITA ESPÍRITU

En Atahualpa Yupanqui, Mercedes Sosa y Simón Díaz, Cristina encontró algo que va mucho más allá del folclore: una canción puede ser armónicamente sencilla o compleja, puede hablar de amor, paisaje, injusticia o vida cotidiana pero necesita espíritu, necesita que quien canta tenga la certeza de aquello que está diciendo.

«No importa de qué hablen si uno tiene la certeza de lo que dice».

Cristina escuchaba aquellas músicas y construía imágenes mentalmente, a entía incluso una familiaridad extraña, como si ya conociera esos paisajes de otra vida, no quería copiar aquellos sonidos, quería aprender de su manera de habitar una canción.

Ese matiz ayuda a comprender por qué Una flor en la luna se aproxima al folclore iberoamericano sin presentarse como un ejercicio académico de recuperación. Cristina ha vivido rodeada por esos sonidos.

Las historias ocurrieron mientras estaban presentes y por eso terminaron entrando, no como referencias, si no cono memoria.

HACER MÚSICA EN UN MUNDO QUE VA DEMASIADO RÁPIDO

Una flor en la luna posee algo especialmente llamativo en 2026 y es que no parece tener prisa, y por supuesto, Cristina tampoco, no concibió el trabajo como una respuesta consciente contra los mecanismos actuales de la industria, no quiso diseñar deliberadamente un disco slow frente al consumo acelerado, simplemente trabaja de otra manera.

«Hoy en día la música se consume muy fugaz. Todo es fugaz: la música, el amor, un abrazo, un momento».

Su respuesta no consiste en elaborar un manifiesto, consiste en vivir según otro ritmo.

«Las cosas necesitan su tiempo y su amor, necesitan su valor».

La frase podría referirse al EP pero también a una relación o a una amistad o a un viaje o a un recuerdo, … quizá incluso al propio «amor bonito».

Hay cosas que únicamente adquieren sentido después de haber permanecido suficiente tiempo dentro de nosotros y una época obsesionada con pasar inmediatamente a lo siguiente corre el riesgo de no llegar nunca a descubrirlas.

LOS LUGARES NO SON IMPORTANTES HASTA QUE VIVIMOS EN ELLOS

Las canciones de Cristina están profundamente unidas al paisaje: a el mar, a Colombia, a la Costa Brava, a una casa, a una plaza,… pero para ella el valor emocional no reside exactamente en el espacio físico.

«El lugar per se no es importante porque lo importante eres tú en ese lugar».

Cristina imagina la plaza de un pueblo, una pequeña iglesia, pinos, el suelo cubierto por agujas marrones,… podrían existir mil plazas casi idénticas en España, pero aquella es distinta. Allí comía helados durante las tardes de verano con su abuela y y odavía hoy continúa paseando por ella.

La geografía se convierte así en biografía. Un lugar no posee significado únicamente por sus características, lo adquiere por aquello que nos sucedió dentro y esta idea conecta de manera extraordinaria con toda la trayectoria reciente de Cristina.

Colombia es importante porque allí encontró personas, música y una nueva voz, el Mediterráneo porque allí puede detenerse y comprender, la casa porque contiene a la familia, el estudio porque allí ocurrió una experiencia compartida,… los lugares importantes son aquellos en los que dejamos una parte de nosotros.

CADA CANCIÓN TAMBIÉN APRENDE A VIAJAR

Las nuevas canciones recorrerán ahora el camino contrario.

Nacieron en buena medida entre Latinoamérica y el Mediterráneo y comenzarán a desplazarse entre Colombia y España.

Cristina reconoce que algunas pertenecen emocionalmente más a un territorio que a otro. También cambia la intención con que determinadas canciones son interpretadas según la reacción del público.

«Cada canción habita en un recuerdo, pero también crea nuevos».

La frase describe de nuevo un desplazamiento, una composición puede nacer vinculada a una experiencia determinada, después llega al escenario y algo nuevo sucede: Un público diferente reacciona, el recuerdo original continúa existiendo, pero ya no está solo, la canción acumula memoria igual que las personas.

HACER FAMILIA Y COMUNIDAD

Cuando Cristina habla de sus objetivos, no menciona cifras, ni reproducciones, ni listas, ni el tamaño de los escenarios,… dice:

«Quiero conectar con las personas, hacer familia y comunidad».

La palabra familia aparece continuamente alrededor de este proyecto, está en el descubrimiento del amor bonito, en la banda colombiana, en su regreso a casa, en el nacimiento de su sobrino, en los amigos y también en lo que espera construir alrededor de las canciones.

Al comienzo de la entrevista explica que Una flor en la luna ya le ha traído personas, luz y una fe en el amor que ni siquiera sabía que poseía. Y que alrededor del proyecto comienza a tejerse una comunidad de público, amigos y equipo.

Quizá el disco no haya encontrado simplemente oyentes, está reproduciendo la misma idea sobre la que fue construido, el amor aparece cuando existe conexión.

UNA FLOR QUE TODAVÍA TIENE HISTORIA

Después de Una flor en la luna, Cristina ya sabe hacia dónde irá su próximo capítulo. No lo cuenta, solo sonríe y deja una pista:

«Diremos que es todo lo que pasó con esa flor en la luna».

La frase parece apropiada para alguien que se define como contadora de historias.

Una flor no tiene por qué terminar cuando aparece, puede crecer, cambiar, marchitarse, dar semillas, convertirse en recuerdo o comenzar otra historia, pero quizá ya sepamos algo sobre aquello que venga después, probablemente tampoco pueda explicarse desde una única geografía, ni desde una única forma de amor, porque Cristina La Mar parece haber descubierto que las cosas realmente importantes rara vez ocupan un único lugar.

EL AMOR QUE YA ESTABA ALLÍ

Cristina viajó a Colombia en un momento en el que había perdido parte de la fe en su sueño y allí encontró otra manera de vivir la música, encontró su voz, un instrumento, músicos, historias,… Después regresó al Mediterráneo para comprenderlas.

Mientras tanto pedía un amor bonito y esperaba su llegada, hasta que sostuvo a su sobrino y comprendió que aquel amor llevaba mucho tiempo manifestándose a su alrededor.

Tal vez ambas historias sean realmente la misma. Buscamos un lugar exacto al que llamar hogar, una persona exacta a la que llamar amor, un sonido exacto al que llamar identidad y a veces la vida termina enseñándonos algo diferente como que podemos pertenecer a varios lugares, podemos querer de muchas formas, podemos construir una voz utilizando músicas que nacieron a ambos lados de un océano,…

Una flor en la luna no parece hablar, entonces, únicamente del «amor bonito», habla del aprendizaje necesario para reconocerlo.

En una época en la que todo parece pedirnos velocidad, Cristina propone otra forma de mirar, detenerse, escuchar, dar tiempo, permitir que una historia termine de suceder antes de intentar explicarla, porque quizá algunas de las cosas que llevamos años buscando no estén esperando al final del camino, quizá estaban ya en el estudio, en unos amigos, en una plaza, en el sonido del mar, en los brazos de una madre o en el instante en que alguien coloca por primera vez a un niño recién nacido entre nuestras manos.

Cristina La Mar buscaba un amor que se quedara para siempre y terminó descubriendo algo mucho más grande: el amor bonito no era un destino, estaba en todas partes.

Nuestro compañero Josechu Egido conversa con Cristina La Mar sobre Una flor en la luna, Colombia, el Mediterráneo, la grabación en directo, el cuatro venezolano, el valor de las historias y una manera de comprender el amor que desborda cualquier definición exclusivamente romántica. Esta es la entrevista completa.


LA ENTREVISTA

Hola Cristina. Antes de nada, muchas gracias por atender a Histéricas Grabaciones. Lo primero de todo: ¿cómo estás y cómo estás viviendo este momento tan especial con la publicación de “Una flor en la luna”?

¡Hola! A ti por recibirme en este espacio bonito. Gracias por preguntar, estoy muy feliz, muy agradecida con la vida. Antes de lanzarlo y ahora como que no estaba nerviosa sino agradecida, como bendecida, este disco me ha traído mucha gente bonita, mucha luz y mucha fe en el amor que no sabia que tenia. Y ademas se esta tejiendo una comunidad alrededor que me pone el corazón muy feliz, de publico, de amigos y de equipo.

Estuve en Colombia promocionando el disco y ahora he vuelto a casa a promocionarlo, estar con la familia y en mi casa que no sabes la paz que me da, pero también vamos a estar en varios espacios con la oportunidad de cantar este disco y eso es un sueño para mi.

Tu historia tiene algo poco habitual: mientras muchos artistas latinoamericanos cruzan el Atlántico hacia España, tú hiciste precisamente el camino contrario y terminaste desarrollando gran parte de tu proyecto en Colombia. ¿Qué encontraste allí que cambió tu manera de entender la música?

Creo mucho en seguir el universo y sus señales, por mucho que sean contrarias a lo que teníamos preconcebido ¿no? Y eso me llevo a Colombia.

La primera vez que fui nunca había salido de Europa, nunca había estado en los planes ese destino y fui en un momento en el que había perdido un poco la fe y el sueño sabes? Y desde el primer día me empecé aenamorar de cada esquina, de las personas, de su arte y de la manera como lo viven, de su manera de abrazar. Veía a la gente cantar y se sentía como la musica les brotaba de la piel. Y eso me dio mucha luz, muchas ganas de volver, muchas ganas de conectare. Y después de ese primer viaje empezó todo.

Naciste frente al Mediterráneo y ahora tu música está profundamente conectada con el folclore latinoamericano. ¿Cómo conviven hoy esas dos geografías dentro de tus canciones?

Soy y siempre seré del Mediterráneo, y amo serlo, cuando me preguntan de donde siempre digo del Mediterráneo, creo que es una cultura distinta. Y, en Latinoamérica que es mi segunda casa encontré mi voz de cantautora creo, mi sonido, mi instrumento.

Entonces, te diría que vivo estas historias en Colombia, en Latino America, rodeada de sus sonidos y sus cantos que suenan y acompañan los días, pero siempre vuelvo al Mediterráneo a escribir las historias, a entender que paso, a pausar la cabeza y el corazón con el sonido del mar y el olor del sol. Y siento que ahí nace esa fusión de géneros y folclores.

Te defines como una storyteller, una contadora de historias. En una época donde muchas canciones parecen buscar el impacto inmediato, ¿qué importancia tiene para ti seguir construyendo relatos y personajes dentro de la música?

Me encanta contar historias, escribir poemas, escribir relatos (siempre autobiográdíafico), mi primer disco pensé que seria un libro de poemas pero un día empecé a musicarlos y empezó todo este camino. Para mi contar historias reales es la manera natural de contarte mi vida, de conversar con las personas y conectar con ellas. Porque mi historia tendrá otro nombre para los personajes pero no sabes la cantidad de personas que sienten que son las únicas viviendo algo así y cuando te escuchan se conectan y te lo cuentan y le encuentran canción a su historia.

Se que en una canción es difícil contar todo el relato como en un libro, pero para mi es la forma natural de cantar y conectarme.

En “Una flor en la luna” hablas de lo que llamas “el amor bonito”. Me gusta mucho ese concepto porque parece alejarse del amor romántico tradicional para abrazar otras formas de cariño y pertenencia. ¿Cómo nació esa idea?

Qué preguntas tan bonitas ¡me encanta! El amor bonito no sé en que momento nace, necesitaríamos toda una tarde pero en 2025 yo pedia un amor, un amor eterno, que se quedara para siempre, que fuera bonito.

Y no llegaba, y escribí y grabé parte del disco sin saber donde estaba ese amor pero estaba porque todas las canciones estaba con el corazón enamorado. Y escribí la canción que da nombre al disco “una flor en la luna” y en ella digo “quiéreme, quiéreme bonito”, así que volví a casa a ver a la familia y al nacimiento de mi primer sobrino (volví con el corazón alocado preguntándose donde estaba ese amor bonito).Y cuando lo tuve en brazos todo cobró sentido, el amor bonito estaba ahí, estaba en el estudio con toda la banda, en la vida con los amigos, en un abrazo con mi madre, en la calma.

Y así se quedo el nombre de este amor, este amor universal, el único que pido, que llegue de la manera que llegue pero que sea bonito.

El EP fue grabado completamente en directo, con todos los músicos tocando al mismo tiempo en el estudio. ¿Qué buscabais capturar de esa manera que quizá no aparece cuando se trabaja pista por pista?

Desde el primer disco trabajo con Richard Blair, un gran productor ingles que trabajo por Peter Gabriel y Brian Eno, y reside en Colombia desde los 90. El fue quien me insistió en el poder de grabar en bloque, de grabar en vivo, sobretodo pensando en estas canciones y en el poder del sentir, de la historia, de conectar.

Cuando grabo en bloque mi voz suena distinto, estar con todos tocando, contar una historia de principio a fin, desde la primera respiración hasta la úmetrónomoltima, esa mirada con los músicos, esa sonrisa, cierro los ojos y es como revivir toda la historia. Además muchas canciones no tienen ni metrónomo así que las pausas, las respiraciones, y cada cosa humana que sucede en la interpretación esta ahí. Es una manera de encapsular todo el sentimiento de cada miembro que esta en ese espacio, encapsular un momento, una realidad, el mas puro sentimiento.

Comparado con “El perderse & El quererse”, este nuevo trabajo parece acercarse mucho más al folclore iberoamericano. ¿Sentías que era un camino natural o ha sido una decisión consciente explorar nuevos territorios sonoros?

Si, me lo han dicho mucho, y ha sido totalmente natural. Llevo ya un tiempo viajando a ese lado del mundo, enamorándome de nueva música y cultura, y las historias que cuento estuvieron ocurriendo mientras eso sonaba, en esas tierras… así que sin querer o buscarlo, mi voz se inspiró con ese sonido y encontró su espacio.

Confieso que este segundo disco pensé que iba a ser todo a piano y nos pusimos a tocarlo, yo empecé a tocar el cuatro y así nació, hasta el día que lo terminamos no sabíamos cómo sonaría, empezamos a buscar instrumentos, cuerdas, tambores, texturas y fuimos construyendo la banda de manera natural y escuchando lo que la voz pedía.

El cuatro venezolano adquiere un papel muy importante en estas canciones y aporta una personalidad muy especial al sonido del disco. ¿Cómo llegaste a conectar con ese instrumento?

En mis viajes a Colombia empecé a relacionarme i tener una relación muy bonita con músicos de varias partes de este país i entre ellos unos amigos con los que empezamos a tocar a modo de encuentro los domingos son de una región donde hay mucho folclore y tocan música llanera, así que empecé a escuchar música mas Andina y mas folclestrésórica.

Y, un día recuerdo que estaba con muchas cosas encima, mucho estrés, sobre pensando, y uno de ellos me dijo Cris llévate el cuatro a casa y toca y así “desconectas”, y así llegó a mi, a mis manos, y a ser el instrumento con el que encontré la manera de musicalizar todas aquellas historias, poemas y canciones que estaba escribiendo.

Has trabajado nuevamente con Richard Blair, una figura fundamental dentro de la producción musical iberoamericana. ¿Qué aporta él a tus canciones que hace que sigáis encontrándoos proyecto tras proyecto?

Rich es una persona muy especial, le idolatro porque sabe mucho y me enseña mucho, ha hecho grandes discos y tiene muchísimo conocimiento a nivel profesional, técnico y de grabación, pero sobretodo me enseña a comprender lo que pide la canción, a cuidar la esencia y el corazón por encima de todo lo demás.

A comprender la necesidad de escuchar, del silencio y de conectarse.

El fue quien me dijo “grabemos un disco con tus poemas” la primera vez, y el vio en mi, en la voz y en estas letras algo, así que no solo por lo profesional, sino también por su poder espiritual con la musica.

Entre tus influencias aparecen nombres tan enormes como Atahualpa Yupanqui, Mercedes Sosa o Simón Díaz. ¿Qué enseñanzas sigues encontrando hoy en esos artistas?

Fue un gran descubrimiento, como encontrar un tesoro que todos conocen menos tu sabes? Aunque en este lado del mundo no se conoce tanto,

En su musica encontré la fuerza que hay cuando la canción tiene espíritu, el poder del sentimiento que uno le pone a cada nota, no importa de qué hablen si uno tiene la certeza de lo que dice.

Me sentí tan conectada con su música, como si la conociera de otra vida, y la escuchaba y mi cabeza hacia toda la película, conocía de alguna manera esas imágenes.

Mucha gente quiere ser una super estrella, una pop star, y yo les escucho a ellos, por ejemplo a Mercedes con esos aires de trovadora, de contadora, y yo quiero ser eso.

Escuchando el EP da la sensación de que hay una búsqueda constante de autenticidad y cercanía. Todo suena muy humano, muy orgánico, muy poco preocupado por las modas. ¿Es una postura consciente frente a la velocidad con la que se consume música actualmente?

La verdad, nunca pensé en hacer un disco con un objetivo de ir en contra o enfrentar nada, es decir este disco es muy puro, muy inocente, muy humano si, muy sincero. Quiero hacer musica o hacemos musica porque la amamos. Quiero conectar con las personas, hacer familia y comunidad, ese es “mi objetivo” y si este disco me lo da va a ser un sueño y ojalá eso pase pero si no pasa, seguiré este camino y este objetivo.

Hoy en día la musica se consume muy fugaz, todo es fugaz, la musica, el amor, un abrazo, un momento, y mi manera de vivir es un poco distinta, las cosas necesitan su tiempo y su amor, necesitan su valor y así intento hacer cada cosa.

También me parece interesante que muchas de tus canciones estén muy ligadas a los lugares. Al hogar, al paisaje, al mar, a la memoria. ¿Crees que los espacios que habitamos terminan convirtiéndose en personajes de nuestras historias?

Totalmente, que bonita manera de describirlo, me encanta! Si, 100%, el lugar per sé no es importante porque lo importante eres tú, eres túen ese lugar, tu haces que ese lugar, que quizás mil habitantes caminan, sea espacial, sea el lugar correcto.

Por ejemplo, imagina una plaza, la plaza de un pueblo, con una pequeña iglesia, rodeada de pinos, que siempre visten el suelo con sus hojas que parecen agujas marrones. Hay mil plazas así en España y seguramente la de mi pueblo se parezca a otras mil pero en esa yo crecí, y recuerdo comer helado las tardes de verano con mi abuela, y a día de hoy seguimos paseándola y sigue siendo la plaza que acompaña esos recuerdos.

Durante los próximos meses vas a desarrollar una gira entre Colombia y España. ¿Cómo cambia tu relación con las canciones cuando las interpretas en cada uno de esos países?

Cada canción habita en un recuerdo pero también crea nuevos. Hay algunas canciones que siento mas de ella y otras mas de aquí. Es verdad que hay algunas canciones del disco que cambia su intención debido a la reacción del publico de cada país. He planeado el concierto muy similar a como es en Colombia, quizás lo único que cambia es la manera de hablar “del amor” tan insistentemente que aquí me hará ser un poco mas contenida. Y, en esta primera vez por España no tendré a toda la banda colombiana que son la familia de este disco pero estaré acompañada por otros grandes músicos así que esperando que el amor de cada persona del público llene cada rincón!

Y ahora toca otro clásico en cualquier cuestionario: después de “Una flor en la luna”, ¿hacia dónde crees que te llevará el siguiente capítulo de Cristina La Mar?

Si me vieras…¡se me escapa una sonrisa que intento ocultar! Se a donde me llevará, o eso creo, y es algo muy especial, diremos que es “todo lo que paso” con esa flor en la luna.

Muchísimas gracias por tu tiempo y enhorabuena por un trabajo tan delicado, luminoso y lleno de verdad.